¿Es justo lo que cobra un maestro?

La respuesta corta es no. La larga requiere algo más de desarrollo.

En el centro de Londres, encaramado en lo alto de una columna de 46 metros, Horacio Nelson preside majestuoso el tráfico con la mano izquierda apoyada en el pomo de la espada y la manga vacía del brazo derecho prendida de la pechera. “Su vida de nauta”, cuenta Ortega, “se compone de ráfagas violentas que pasan sobre él llevándose algo: ahora un miembro, luego otro. ¡Fuera este brazo! ¡Fuera este ojo! Y lo curioso es que cada una de estas amputaciones subraya más lo que en este pequeño hombre había de hombre enterizo. Su bravura se recogía en los miembros que le quedaban”.

A los coetáneos que se enteraban de sus gestas al amor de una bien atendida chimenea, Nelson les parecía un genio, el emperador de los mares, un semidiós. “Visto así, de lejos, Nelson era Neptuno”, sigue Ortega. “Pero visto de cerca era otra cosa”. Es difícil imaginar la dureza de las condiciones a bordo de un buque del siglo XVIII. Casi un millar de marinos se hacinaban en un espacio muy reducido. Se pasaba del calor al frío sin solución de continuidad. Los víveres y el agua se degradaban rápidamente y, a pesar del zafarrancho de limpieza constante, el escorbuto, el tifus, el cólera y la viruela diezmaban las tripulaciones. Las caídas y los accidentes se sucedían sin descanso, las úlceras no tenían cura, el alcoholismo era habitual.

Sin embargo, ¿qué adolescente no ha soñado con surcar los océanos y emular las gestas del héroe de Trafalgar? La épica es el modo en que nuestra sociedad canaliza las vocaciones hacia aquellas profesiones que nadie en su sano juicio escogería. ¿Por qué querría alguien dormir entre piezas de artillería y colgado de una hamaca para que las ratas no le muerdan la punta de los dedos o los ojos? Lo mismo cabe decir del vaquero legendario. ¿A quién le apetece arrear ganado por las llanuras interminables del Medio Oeste? Un fin de semana igual, pero un mes tras otro…

Por suerte, disponemos de un potente motivador: el prestigio. Cuando un asesor de Napoleón criticó la introducción de la Legión de Honor porque las medallas eran “los sonajeros de la monarquía”, el entonces primer cónsul lo desafió a que le citara “un ejemplo de república antigua o moderna donde no haya habido distinciones. Los llama sonajeros, pero con esos sonajeros se gobierna a las personas. […] ¿O cree que se las puede arrastrar a la batalla mediante la persuasión? Eso puede servir para el erudito en su biblioteca. El soldado busca la gloria”.

Si se retribuyera a cada cual en función de la utilidad que aporta, no tendríamos dinero suficiente. ¿Cuánto habría que dar a los bomberos que excarcelaron la otra noche el cadáver de una mujer de entre los hierros retorcidos de su coche? ¿Y es justo lo que cobra un maestro? Tres investigadores del NBER han calculado que sustituir a un mal profesor por otro simplemente mediano mejora las ganancias futuras de una clase en 250.000 dólares, pero “ningún docente percibe ni por asomo una cifra semejante”, dice el psicólogo Dan Ariely, que formula un deseo: “Quizás construyamos un día un mundo que remunere a cada cual de acuerdo con su contribución al bien común”.

Entre tanto, deberemos arreglarnos con el prestigio, los sonajeros de Napoleón y columnas de 46 metros para los almirantes más distinguidos.

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