El infierno del éxito

“Cuando te regalan un reloj”, advierte Cortázar, “te regalan un pequeño infierno. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga y se rompa”.

En septiembre de 1942 Carmen compra un billete en el tren nocturno a Madrid y algo de ropa nueva para presentarse ante su padre, al que no ve desde hace tres años. Ese tiempo lo ha pasado en Barcelona, pretendiendo que estudiaba filosofía y letras, anotando en un cuaderno cuanto veía, fraguando su universo literario. En Las Palmas, donde se había criado, una profesora de bachillerato le había infundido la pasión por la escritura, por Garcilaso y Salinas: “Para vivir no quiero / islas, palacios, torres. / ¡Qué alegría más alta: / vivir en los pronombres!”

La relación de padre e hija no es buena. Carmen siempre le ha reprochado su segundo matrimonio con una peluquera vulgar e insensible, que como las madrastras de cuento ha convertido su existencia en un infierno. Por eso huyó de Las Palmas a Barcelona nada más sacar la reválida y por eso pretende ahora instalarse en Madrid. No las tiene todas consigo, sin embargo, y poco antes de llegar a Atocha se encierra con su neceser en uno de aquellos sucios y angostos retretes y se arregla. Cuando se apea del vagón, resplandece en medio del resto del pasaje, desgreñado, arrugado y ceñudo por la falta de sueño. Es un golpe maestro. El padre percibe por su aspecto que no hay motivo para inquietarse por ella y acepta sus planes (algo que probablemente en su fuero interno también deseaba).

Carmen se instala en el barrio de Salamanca con su tía. La estancia en Barcelona ha sido frustrante. Se ha marchado sin conocer nada de lo que confusamente buscaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. Nada. Al menos así lo cree, pero en realidad se ha traído uno de los relatos icónicos del siglo XX.

Nada es un texto soberbiamente escrito, que capta a la perfección el choque con la realidad de las expectativas de adolescencia. Una realidad que es, además, la de la Barcelona de los 40, con su frío, su hambre, sus vidas rotas. El sobrecogedor retablo de la casa de la calle Aribau ganaría en 1944 la primera edición del Nadal y consagraría a Carmen Laforet con 23 años. “Fue un tiempo de emociones continuas”, cuentan Anna Caballé e Israel Rolón-Barada en su espléndida biografía Una mujer en fuga. “A las sinceras adhesiones que su novela suscitaba de continuo había que añadir las excelentes críticas”, firmadas por las vacas sagradas del momento: Azorín, Eugenio Montes, Juan Antonio de Zunzunegui, Concha Espina, Melchor Fernández Almagro, Ignacio Agustí.

Se parece mucho al anhelo de cualquier autor novel, pero con los laureles cayó el látigo. “¿Por qué no repites el milagro, Carmen?”, le espeta en 1959 su amigo Emilio Sanz de Soto. “Te lo pedimos, te lo exigimos”. Laforet lo ha intentado, pero lo que le reclaman es imposible. El éxito, como el matrimonio, requiere de las dos partes para funcionar. Depende tanto del talento del artista como de la disposición del público. La España de la posguerra necesitaba una historia como Nada, que ensalzara en medio de la miseria general los pequeños gestos de nobleza, como los del personaje inolvidable de la abuela. Este mensaje de entereza en la adversidad se repetirá en otros cuentos de Laforet, pero no obtendrá la misma resonancia porque el diapasón de la sociedad es distinto. Ya no vibra con el mensaje de la resignación y la confianza en un mañana mejor. Ahora ha decidido labrarse ella misma su destino y demanda obras de denuncia.

Laforet es, sin embargo, incapaz de brindárselas. Su ópera prima se ha leído en clave social muy a su pesar. Para ella la política es “una música extraña y ajena”, dicen Caballé y Rolón-Barada, y seguirá recreando lo que mejor conoce, sus experiencias de adolescencia, en La isla y los demonios y La insolación. Ambas reciben buena acogida (son dos magníficas novelas), pero insatisfactoria para Laforet, que desarrolla una inseguridad enfermiza. Nada de lo que produce le complace. Escribe y rompe, escribe y rompe, y sus editores se desesperan enviándole adelantos por proyectos que nunca se materializan. El último es la trilogía que ha inaugurado La insolación y cuya segunda entrega se llama Al volver la esquina. Con mucho esfuerzo la remata, pero nunca devuelve a Planeta las pruebas de imprenta corregidas y solo verá la luz póstumamente.

“Piensa en esto”, advierte Cortázar: “cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno […]. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. […] No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.

Ese mismo infierno sufrió Laforet. Con el éxito te regalan el miedo de perderlo, de que se caiga y se rompa. Ella nunca pudo superarlo, porque nunca se lo consintieron. A mediados de los 80, antes de sumirse en un mutismo absoluto, realizó varias giras por Estados Unidos. Habían pasado cuatro décadas, pero seguía siendo la autora de Nada, como si el tiempo se hubiera congelado aquel 6 de enero de 1945 en que concedieron el Nadal a una joven que únicamente aspiraba a vivir en los pronombres.

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