El declive de Huxley

La vida se presta a menudo a cierta extrema depresión y el mejor modo de combatirla es guardar la compostura y los buenos modales.

Leyendo el retrato de Aldous Huxley en sus Impresiones personales, queda claro el privilegiado lugar que Isaiah Berlin asigna a la cortesía en su escala de valores. “Cuando lo conocí en 1935 o 1936, en casa de un amigo común”, recuerda Berlin, “esperé quedarme mudo de admiración y quizás ser tajantemente desdeñado. Pero Huxley se mostró muy amable y atento con todos los presentes”. El escritor se hallaba entonces en el cénit de su popularidad. La publicación de Un mundo feliz y Contrapunto lo habían consagrado como uno de los novelistas más inteligentes y “era obvio”, dice Berlin, que disfrutaba desplegando “sus conocimientos y su ingenio”, pero también se mostraba “ajeno a toda competencia, benévolo y remoto”.

A menudo se rebajan los buenos modales a la categoría de lubricante social. Son una destreza menor, un juego que las clases ociosas han desarrollado para mantenerse entretenidas, como el croquet o el bridge. Hay, sin embargo, una tradición filosófica que los considera una herramienta intelectual de primer orden. Un conversador antipático, que tiene siempre el sarcasmo a flor de labio y está obsesionado por reafirmar su ego y las galas que lo adornan, no es solo incómodo, sino moralmente perjudicial. El gran progreso que Europa experimentó durante el Siglo de las Luces fue posible gracias a la proliferación de salones donde se debatía ordenadamente de lo divino y lo humano. “Del mismo modo que dictamos leyes a fin de […] encauzar la oposición entre intereses privados”, observa Hume, “establecemos reglas de cortesía a fin de […] hacer el trato agradable e inofensivo”.

Como epígonos de la Ilustración, Berlin y Huxley se regían por estas normas de civilidad. Volvieron a coincidir en 1961, durante un viaje a la India. Berlin cuenta que las últimas obras de Huxley habían sido “respetuosamente acogidas; respetuosamente, pero sin entusiasmo”. La Segunda Guerra Mundial había destruido la sociedad que tan magistralmente retratara Huxley y, aunque el trasfondo de convicciones morales seguía vibrando como el ritmo de un bajo a través de sus relatos, la melodía había perdido atractivo. A las generaciones nuevas no les resultaba tan cínico, tan iconoclasta, tan provocador. Era “un noble fantasma del autor que se había ganado un lugar seguro en la historia de las letras inglesas”, “un predicador laico” que tenía “poco que decir, pero seguía diciéndolo, honrada y tediosamente, a un público que iba menguando”.

Huxley era muy consciente de este declive y lo sobrellevaba “con gran dulzura y paciencia”. Tras visitar el Taj Mahal, Berlin y él pasaron una noche juntos. “Creo que [Jean] Guéhenno, el escritor francés, también formaba parte del grupo. Guéhenno, hombre melancólico e idealista, no era el más apropiado para levantar el ánimo a nadie, ni lo intentaba; y las luces del hotel estaban muy bajas debido a fallos en el suministro de energía. Habría podido pensarse que aquello se prestaba a cierta extrema depresión, sombría aunque digna. Mas no fue así. Huxley era sencillo, natural y desenvuelto, y lo que decía era […] tan sincero e interesante que la velada fue muy grata”. El hecho de que “pocas semanas antes su casa y todos sus libros hubiesen ardido en un incendio no parecía preocuparle casi nada, ni tampoco hizo la menor referencia a la enfermedad mortal que padecía”, un tumor en la lengua que lo llevaría a la tumba dos años después.

¿Para qué aburrir a los demás con nuestras miserias? Como aquella velada en la India, la vida se presta a menudo a cierta extrema depresión y la mejor manera de combatirla es guardar la compostura y los buenos modales y buscar la conversación de interlocutores inteligentes, cultos y amables.

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