El justo miedo

Buda decía que el dolor es inevitable y el sufrimiento, opcional. En economía pasa lo mismo: las crisis son inevitables y las depresiones, opcionales.

Llevo unos días encerrado en casa con un catarro. El lunes llamé al número de la Comunidad de Madrid y, después de 15 minutos y 32 segundos de espera inútil, colgué y recurrí a Sanitas. Allí me recetaron paracetamol tras escuchar mis síntomas y “en función de cómo evolucione”, me dijeron, “consideraremos la posibilidad de algún antibiótico”. No ha hecho falta. En condiciones normales estaría tan tranquilo, pero hoy es imposible mantener la calma al primer síntoma de resfriado.

Pones la televisión y todo es coronavirus. La 1 le dedicó ayer al mediodía 45 minutos. Para la prensa tampoco hay otro tema. No digo que no sea serio. En menos de dos meses el covid-19 se ha extendido por los cinco continentes y está llevando los sistemas sanitarios al límite, pero el 80% de los casos son leves. Aunque el recuento de bajas arroja una letalidad del 3%, “ese cálculo es una medida imprecisa”, como expone en su blog Kiko Llaneras, porque muchos pacientes quedan sin diagnosticar. Allí donde se llevan a cabo más pruebas, como Corea del Sur, la cifra cae al 0,6%. Y un estudio de la London School of Hygiene & Tropical Medicina estima que en China ronda el 0,5%. Por desgracia, nuestro cerebro no es muy bueno con las cifras y, cuando afronta una situación de incertidumbre, no se dedica a hacer estadística. Si escucha “0,5% de mortalidad”, se queda únicamente con “mortalidad” y adopta las medidas fisiológicas necesarias para protegerse de la amenaza: empieza a sudar, acelera el corazón y echa a correr.

Insisto: no digo que no sea serio. El 0,5% no es tan modesto cuando se compara con el 0,14% de la gripe, pero le hemos cogido mucho más que el triple de miedo, y es natural. Imagine que el telediario dedicara cada día media hora a hablar de la gripe, que se nos informara de cada fallecimiento. En la última campaña hubo 6.300. Estaríamos aterrados.

“¿Y las bolsas?”, me dirán. “Llevan una costalada impresionante. ¿Son también ellas víctimas de una intoxicación informativa?”

Los inversores se mueven por los resultados trimestrales y todo indica que los próximos no van a ser brillantes. Por eso caen los mercados, pero el impacto que pueda tener en la economía real es relativo. Atribuimos la Gran Depresión al Jueves Negro de Wall Street, pero lo cierto es que el desplome bursátil desempeñó un papel menor en lo que vendría después. El problema fue la reacción de los políticos. Buda decía que el dolor es inevitable y el sufrimiento opcional y en economía pasa lo mismo: las crisis son inevitables y las depresiones opcionales. Continuamente hay choques que alteran la actividad. La subida del petróleo en 1990 o el estallido de la burbuja de las puntocom son dos ejemplos. Llevaron muchos negocios a la ruina y hundieron el PIB, pero todo quedó en un bache porque en ambos casos las autoridades bajaron agresivamente los tipos. En 1929 no lo hicieron, ni dieron la importancia debida a la quiebra de bancos en cadena. Y despojado de crédito, Estados Unidos pasó de sufrir un tropiezo pasajero a consumirse en un fuego devastador. Eso no se va a repetir. La Fed ya ha reaccionado. Los cierres de empresas y las cuarentenas restarán crecimiento y tendremos un trimestre malo, quizás dos, con lo que técnicamente entraremos en recesión, pero la recuperación será igualmente rápida.

¿La alarma está injustificada, entonces? Lo que está es contraindicada. Incluso en el supuesto más grave, la histeria nunca fue buena consejera. Hay que tener miedo, pero sin exagerar. El justo miedo.

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