Vivir en el mundo de Epicteto

En momentos como el actual, el miedo parece surgir de las tinieblas y envolvernos, pero es algo que anida en nuestro corazón y de lo que somos plenamente responsables.

El 9 de septiembre de 1965, mientras sobrevolaba posiciones norvietnamitas, el comandante James Bond Stockdale se vio envuelto en un intenso fuego antiaéreo que alcanzó su pequeño reactor A-4. Tras salir eyectado de la cabina, tuvo 30 segundos para hacerse una última reflexión como hombre libre: “Estoy a punto de abandonar el mundo de la tecnología para entrar en el mundo de Epicteto”.

“Las cosas son como son y no como nos gustaría que fuesen”, enseña el filósofo griego, y mientras planeaba con su paracaídas hacia la aldea donde el enemigo iba a apresarlo, Stockdale comprobó efectivamente el escaso dominio que ejercía sobre su posición en el mundo. En cuestión de minutos iba a cesar como orgulloso líder del 51 Escuadrón de Caza de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos para convertirse en un objeto de conmiseración, un paria, un despojo.

A pesar de la guerra, Stockdale había procurado sacar unas horas a la semana para leer el Manual y los Discursos de Epicteto y tenía claro que el elemento clave para conservar el equilibrio en la experiencia que se avecinaba era distinguir entre lo que dependía de él y lo que no. Era consciente de que iban a maltratarlo y, en cuanto puso pie a tierra, le cayó encima un diluvio de patadas y puñetazos que lo dejaron tullido para siempre. Su cuerpo, su salud o su vida ya no le pertenecían (en realidad, nunca le habían pertenecido), pero por más que lo martirizaran, sus carceleros no podían penetrar en el reducto íntimo de sus sentimientos, de sus ideas, de sus actitudes. Todo eso dependía aún de él. Stockdale no podía impedir su muerte, pero sí el temor a la muerte. “Nadie nos hace sufrir sin nuestro consentimiento”, escribe Epicteto. “Me río de quienes creen que pueden dañarme. Ignoran quién soy y lo que pienso, no pueden ni rozar las cosas que son auténticamente mías”.

Las emociones son actos de la voluntad y se pueden controlar. En momentos como el actual, el miedo parece surgir de las tinieblas y envolvernos, pero es algo que anida en nuestro corazón y de lo que somos plenamente responsables. Por eso, cada vez que lo conducían a punta de bayoneta a la sala de interrogatorios, Stockdale se instaba mentalmente: “Domina tu miedo, domina tu culpa”. El propósito de sus captores era arrancarle a él y al resto de prisioneros la confesión de que eran “piratas americanos” para difundir luego esas declaraciones como propaganda. Los torturaban y los tentaban alternativamente y muchos se rompían, pero Stockdale los fue persuadiendo para que no claudicaran y logró que apenas un 5% lo hiciera. Lo colmó de orgullo oír a un comisario espetarle un día: “¡No son ustedes como los franceses! Ellos sí que eran razonables”.

¿Y qué sentido tenía convencer a aquellos pobres diablos de que resistieran? No se trataba solo de negar un triunfo al enemigo. Para Epicteto “no hay mayor desgracia que perder el respeto de uno mismo” y Stockdale pudo comprobar que lo que hundía a un hombre no era el dolor, sino la vergüenza. Cuando entregabas esa fortaleza interior, renunciabas a lo único que podía aliviar la angustia de la prisión. Seguías recluido y humillado y, encima, eras un traidor.

Stockdale tardó más de siete años en recuperar la libertad, pero nunca habló con resentimiento de aquella época. Al contrario. Se la tomó como una oportunidad. En el mundo de Epicteto, el carácter se forja en las dificultades. Cuando alguna se cruza en tu camino, debes considerar que eres un atleta al que el entrenador (Dios) ha impuesto una prueba de la que saldrás fortalecido y cuya recompensa es la serenidad incluso en medio de las condiciones más pavorosas.

Un comentario en “Vivir en el mundo de Epicteto

  1. La resignación estoica frente al placer epicúreo. Entre degustar las mieles de la vida y cortarme las venas a lo Séneca, su majestad escoja. Más placer para más personas, menos dolor para menos personas. Me quedo con los franceses. La paradoja (o paracoja) de Stockdale, que condena al optimismo en pro del abandono sufridor del antiguo atlético, pupas, le tuvo ocho años sin sonreír en Hanoi. Prefiero caer en Lisboa o Milán, prefiero que lleguen las Navidades y Vietnam no se acabe. Ánimo, que de ésta salimos en dos telediarios. Y saldremos mejores.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s