Cura de humildad

“Si se hubiera anticipado solo cuatro días el estado de alarma, el número de contagios totales podría haberse disminuido en un 60%”.

Cuando nuestra especie masticaba raíces en la sabana africana, el macho alfa era un antropoide intuitivo y elemental, que se movía a golpe de corazonadas. Poco a poco surgió un competidor más inquisitivo y analítico, que se granjeó el aprecio de la manada con trucos como el fuego y el hacha de sílex. El antropoide se vio relegado y su semilla únicamente persistió porque en situaciones extremas, como el encuentro con un león, su falta de curiosidad le daba una ventaja decisiva: era el primero en salir corriendo.

La ficción que llamamos hombre moderno es una hibridación de aquellos dos ancestros. Nos gusta asimilar nuestro cerebro a un fino bisturí, a un instrumento de alta precisión, pero el equipamiento neurológico que traemos de serie es el producto de un proceso un poco chapucero en el que las estructuras más recientes no han sustituido a las viejas, sino que se solapan con ellas. El desarrollo de la conciencia no arrinconó las pulsiones instintivas. Seguimos llevando dentro al antropoide de la sabana y la crónica de la civilización ha sido básicamente la del esfuerzo por domeñarlo.

Nos olvidamos de él porque, como escribe Paco Umbral, “generalmente se está quieto y melancólico”. Da algo de guerra por las mañanas. “Al despertar, se las promete muy felices, supone, sin duda, que le espera una jornada de selva y fornicaciones. Hay que ir persuadiéndole gradualmente, a fuerza de espuma y alejandrinos, de que las cosas van a ser de otra forma, porque lo que le espera, realmente, es una jornada de teléfonos, pantalones, tés ni fríos ni calientes, taxímetros y conversaciones crepusculares”. El mundo tal y como lo conocemos se levanta sobre la represión del antropoide. Lo hemos ido educando, enseñándole que hay que ser paciente y no arrojarse sin más al cuello de las señoritas, que hay que cuestionarlo todo sin descanso.

Mirando hacia atrás, podemos estar legítimamente orgullosos de lo conseguido: torres que se pierden entre las nubes, aeronaves que surcan el espacio a velocidades inconcebibles, ordenadores que transmiten instantáneamente información de una punta a otra del planeta. Ser inquisitivos y analíticos nos ha dado un resultado magnífico, pero no siempre funciona. La naturaleza es un laboratorio biológico donde se ensayan nuevas armas cada mañana y el covid-19 ha sido adiestrado para aprovechar nuestra fuerza y voltearnos sobre el tatami como un judoca. Su velocidad de propagación es el antídoto ideal de la reflexión metódica y sosegada. Debatir y contrastar requiere tiempo y el coronavirus se mueve muy rápido. Los 125 infectados que había en España el 2 de marzo se habían convertido en 3.000 una semana después. ¿Por qué no reaccionó el Gobierno?

En su descargo puedo aportar la constatación de que cada persona tiene su ritmo y alcanza la epifanía en momentos distintos. Mi cuñado llevaba semanas alertando del peligro, pero yo no caí del guindo hasta (más o menos) el 8 de marzo y el Gobierno no decretó el confinamiento hasta el 14. No son plazos de reacción excesivos para una crisis estándar, pero ahora han significado una diferencia abismal. “Si se hubiera anticipado solo cuatro días el estado de alarma”, observa Miguel Casares en Nada Es Gratis, “el número de contagios totales podría haberse disminuido en un 60%”.

Al final de La guerra de los mundos, Wells cuenta cómo la ofensiva marciana se detiene inesperadamente cuando todo parecía perdido para la humanidad. Una epidemia bacteriana aniquila a los extraterrestres. A pesar de su tecnología, de sus “tremendas máquinas, tan maravillosas en su poder y complejidad”, han caído derrotados por “los seres más humildes que Dios, en su sabiduría, ha puesto sobre la Tierra”.

Habrá quien concluya de todo esto que el progreso es una ilusión y que nuestras tremendas máquinas tampoco nos han valido de nada. No sería justo. Es en todo caso una cura de humildad, el recordatorio de nuestras limitaciones, de que a veces el antropoide lleva razón y lo mejor es salir corriendo.

El problema es que no hay modo de saber cuándo.

2 comentarios en “Cura de humildad

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