La muerte de Séneca

“No es un gran asunto vivir. Cualquier animal sabe hacerlo. La proeza estriba en morir con fortaleza”.

Una tarde de primavera del año 64, desde la terraza de su casa de Bayas, Séneca contempla cómo los nobles napolitanos se precipitan al puerto ante la llegada de la flota de Alejandría. Desean obtener noticias de sus negocios en Egipto. Él mismo posee allí tierras, pero no tiene ninguna prisa. Entrado ya en la sesentena, se considera un anciano y, como le escribe a su joven amigo y discípulo Lucilio, le sobra viático para el camino que queda por recorrer. Siente que el fin se acerca. A los achaques que lo atormentan desde niño se suma una relación cada vez más tensa con Nerón.

Unos años atrás, el emperador había decidido asesinar a su madre Agripina e, iniciando una tradición que aún se conserva, quiso que pareciera un accidente. Amañó un barco para que naufragara, pero todo salió desastrosamente bien. El casco, que debía romperse, resistió y, cuando los tripulantes intentaron volcar la nave, también aguantó. Asustaron al menos lo bastante a la ilustre viajera como para que se arrojara al agua con su criada Aceronia, pero esta pensó (“poco sabiamente”, señala Tácito) que tenía más posibilidades de sobrevivir si se hacía pasar por la madre del emperador y empezó a gritar que era Agripina y que la ayudaran por favor. La marinería acudió efectivamente rauda y la remató “con los remos y todas las armas que encontró a mano”, mientras la auténtica Agripina era rescatada por unos pescadores que debían de ser los únicos de la bahía de Nápoles que no estaban metidos en la conspiración.

Tras aquel fiasco, Nerón no tuvo más remedio que recurrir a un apuñalamiento, pero eso era justamente lo que no quería. “Incluso en la Roma imperial”, dice Elizabeth Kolbert, “el matricidio se consideraba malas relaciones públicas” y, para salvar la crisis de imagen, “se volvió hacia el hombre en el que siempre había confiado”. Séneca no lo defraudó. Elaboró un manifiesto en la que acusaba a Agripina de urdir un golpe de estado y explicaba cómo, al verse descubierta, se había suicidado. Tácito cuenta que, al menos en público, los senadores rivalizaron por exteriorizar su apoyo al emperador y su indignación ante las maquinaciones de la madre, pero el incidente abrió un abismo entre Nerón y su antiguo mentor.

Séneca no podía mostrarse conforme con el asesinato de la mujer a la que debía su fortuna. Agripina había persuadido a Claudio para que le levantara la pena de exilio que sufría en Córcega, lo había introducido en la corte como tutor de Nerón y lo había hecho fabulosamente rico: tenía propiedades en los dos extremos del Mediterráneo, Hispania y Egipto, además del Lacio y Campania, el resort de moda entre las élites romanas. Y es allí donde, mientras observa maniobrar a la flota de Alejandría, medita sobre su futuro inminente.

Aunque nunca ha salido de su boca una crítica, Séneca tampoco celebra ya al emperador y su silencio basta para condenarlo. “Estos callados reproches eran más de lo que Nerón estaba dispuesto a soportar”, escribe Antonio Fontán. Séneca no ignora que el verdugo se presentará en cualquier instante y se prepara para el trance. En el fondo, se consuela, “no es un gran asunto vivir”. Cualquier esclavo, cualquier animal lo hace. “La proeza estriba en morir con fortaleza”.

Esta es una clave de la sabiduría estoica: si logras superar al miedo a la muerte, nada te impedirá ya disfrutar plenamente de todo. Dejará de angustiarte la perspectiva de la pobreza o el fracaso. Tampoco te afectarán las opiniones ajenas ni esas nimiedades que nos hacen temblar las piernas a veces, como hablar en público o emprender un largo viaje, porque ¿hay acaso algo peor que la muerte?

Y sin embargo, ¿en qué consiste? Durante un ataque de asma, Séneca se dirá que todos la hemos experimentado. ¿Cuándo? Antes de nacer. La muerte es el no ser. Somos después de morir lo que hemos sido antes de nacer. Como una lámpara de aceite, nos encienden y apagan y, entre medias, pasamos por penas y alegrías. Pero antes y después lo que reina es la paz. “No temblaré en el último instante”, escribe a Lucilio. La vida es como una representación: no importa la duración, sino el acierto con que se interprete. No debe inquietarnos ni cuándo ni dónde acabamos. “Termina donde te plazca”, dice, “pero prepara un buen final”.

El suyo fue especialmente teatral. En abril del año 65 se frustró una conjura para deponer a Nerón y el nombre de Séneca no tardó en sacarse a relucir. No había ninguna prueba, pero el emperador no quería perder la oportunidad y le envió un tribuno “para intimarle lo que con expresivo eufemismo llamaban en latín la necessitas ultima, dice Fontán. El filósofo no opuso resistencia. Siguiendo el ejemplo de Sócrates, se abrió las venas y se desangró disertando sobre “la firmeza de ánimo, los preceptos de la sabiduría, la actitud moral ante la adversidad, etcétera”.

“¿Cómo podemos”, se pregunta Mary Beard, “dotar de sentido y coherencia a Séneca?” Fue un personaje lleno de contradicciones. Predicó la austeridad desde el lujo, elogió la clemencia de Nerón después de que envenenara al pequeño Británico e instó a amar al prójimo mientras le prestaba dinero a intereses usurarios. Pero la agudeza y el efecto balsámico de sus escritos perduran hasta nuestros días y no hay por qué renunciar a ellos. Después de todo, como él mismo puntualizó, “hablo de la virtud, no de mí”.

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