Optimistas, pesimistas y viceversa

Tendemos a dejarnos sugestionar por el estado de ánimo circundante y eso sesga nuestros vaticinios, para bien y para mal.

En enero de 2009 me invitaron a participar en un congreso sobre las relaciones entre Europa y América Latina. Yo tenía que hablar de economía y el clima no podía ser más fúnebre. Las subprime habían gripado el motor financiero mundial y no había manera de arrancarlo. Nadie prestaba a nadie, las bolsas caían a plomo, las empresas quebraban en cadena y yo abrí mi intervención con una cita. “Es de un reportaje del Time”, aclaré al auditorio. El autor, John Greenwald, explicaba que los estadounidenses no estaban desalentados únicamente por las estadísticas pavorosas, sino porque habían dejado de creer en el sueño americano de una prosperidad creciente. “Me preocupa”, se quejaba una de las fuentes consultadas, “que mis hijos no ganen un salario decente ni puedan comprarse una casa. No sé si será la primera generación que viva peor que sus padres”. El país, concluía Greenwald, atravesaba “una transición histórica” y, cuando acabase, nada volvería a ser igual, porque no era “un declive, sino una revolución”, cuyos estragos jamás se borrarían de la memoria colectiva del mismo modo que no se habían borrado los de los años 30.

Después de leer la cita, levanté la cabeza de mis papeles y sonreí. “Lo que pasa”, dije, “es que lo que han oído procede de un reportaje de diciembre de 1991. Se refiere a una de las recesiones más breves y suaves que ha experimentado Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Nadie se acuerda ya de ella, ni por supuesto la equipara a la Gran Depresión. No supuso una transición histórica ni cambió nada esencial. En cuanto a esos jóvenes por los que tan inquieta se manifestaba la fuente, ganaron tanto dinero y se compraron tantas casas, que han provocado una burbuja”.

Los humanos somos muy procíclicos. Si todo va bien, nos mostramos optimistas y tendemos a ignorar los malos augurios. Cuando en 2006 Nouriel Roubini alertó ante el Fondo Monetario Internacional que el mercado inmobiliario de Estados Unidos estaba al borde del colapso, muchos expertos que atendían la conferencia intercambiaron guiños de complicidad. ¿De dónde salía semejante marciano? Ya no había depresiones, los ciclos eran cada vez más suaves, habíamos alcanzado la Gran Moderación.

Lehman Brothers nos sacó de esta ensoñación y los españoles nos sumimos en un pesimismo recalcitrante. Motivos teníamos. El mundo nos había dado la espalda y Luis de Guindos presionaba compulsivamente F5 (la tecla de actualizar) en su pantalla de Bloomberg, para ver si cedía la prima de riesgo. “Intentaba no obsesionarme, pero la miraba 15 ó 20 veces al día”, confesaría más tarde. “El primer año esto fue un potro de tortura”. Cuando le preguntaban qué tal lo llevaba, decía que muy bien, que “dormía como un bebé: me despierto a las dos y me pongo a llorar”.

Era difícil encontrar signos alentadores. En la primavera de 2012, con los hombres de negro husmeando por el Ministerio de Hacienda, viajé a Bruselas para escribir una información sobre el futuro de España y me traje un morral de reproches: han malgastado ustedes el dinero en urbanizaciones vacías, aeropuertos a los que no vuelan aviones y AVE que no llevan a ningún lado y ahora les toca pagar las consecuencias, prepárense. Regresé con el ánimo por los suelos y, cuando semanas después me consultaron en Intereconomía qué me había parecido la última intervención de Mario Draghi, respondí categórico: “Decepcionante”.

No podía estar más equivocado. El presidente del BCE acababa de pronunciar su famoso “whatever it takes”. El resto es historia: la prima de riesgo se dio la vuelta, los inversores extranjeros nos levantaron el veto, el crédito volvió a fluir y la actividad ganó tracción. Creábamos más empleo que nadie, éramos los alumnos modelo de la eurozona y hace dos meses, mientras preparaba una pieza sobre el boom de Madrid, oí a alguien comentar en la redacción: “Esto del coronavirus puede ser más grave que lo de 2008”.

“Menuda tontería”, pensé para mis adentros.

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