Yo también soy berlinés

Es un pecado malgastar la única vida que tenemos escarbando en los agravios pasados.

La serie Unorthodox relata la odisea de Esty Schwartz, una joven de 19 años que decide huir de una comunidad jasídica de Brooklyn. A las mujeres de esta secta judía no se les permite ir a la universidad y Esty carece de oficio. Su madre, que también se rebeló contra otro matrimonio amañado, se ha mudado a Berlín y allí la sigue Esty, pero entre medias conoce a un grupo de estudiantes de música que son como un pelotón de cascos azules: hay un nigeriano, un polaco, una israelí, una yemení y, sí, un alemán.

—Es el único que es de Berlín —le dice a Esty la israelí en un momento de la serie. Los seis están metidos en un coche, camino del lago Wannsee—. Así que podrá resolver todas tus dudas acuciantes sobre la guerra.

Esty está espantada por la frivolidad con que estos jóvenes se refieren al pasado. Unos minutos antes alguien ha propuesto visitar el búnker de Hitler o hacerse unos selfis ante el Monumento a los Judíos Asesinados, y cuando la israelí vuelve a la carga y le propone entre risas que consulte sus dudas sobre la guerra al berlinés, estalla.

—Mis abuelos perdieron a toda su familia en los campos de exterminio.

Esty seguramente esperaba que su réplica tapara la boca a su amiga, pero esta se vuelve hacia ella y le responde con toda naturalidad:

—Claro, igual que medio Israel, pero estamos demasiado ocupados defendiendo el presente como para ponernos sentimentales.

Es difícil ilustrar mejor el contraste entre la sociedad abierta y cosmopolita del Berlín actual y la comunidad cerrada y homogénea de la que procede Esty. En esta última no pasa ni un día sin que recuerden el Holocausto. En lugar de dominar el dolor, se han dejado dominar por él. Lo cultivan pacientemente, no permiten que se atenúe. Se sienten los seres más desdichados del universo y arrojan sal sobre sus heridas para que nunca cicatricen.

Jorge de Santayana decía que quien no puede recordar el pasado está condenado a repetirlo, y tenía razón, pero no mencionó nada de refocilarse en la autocompasión. Que diluciden los historiadores las causas y repartan las culpas. Airear los trapos sucios solo beneficia a los demagogos. Ian Kershan explica que Hitler era una “nulidad” y una “mediocridad”, pero este fanático sin formación logró seducir a gran parte de “un país moderno, económicamente avanzado y culto, famoso por sus filósofos y poetas”, porque sostenía que “las grandes masas son ciegas y estúpidas” y para dirigirlas no hay que apelar al entendimiento, sino a la emoción y el odio. “Cuanto más predicaba la intolerancia”, cuenta Kershaw, “más complacía a su público”.

Esta fórmula no la inventó el Führer. La han utilizado líderes de todo pelaje y condición, rojos y fachas, políticos y religiosos. Así controlaba también a su comunidad el rabino de Brooklyn: reverdeciendo viejos agravios, atizando el rencor y el miedo. “Los goyim [gentiles]”, argumenta en una reunión, “nos han engañado siempre que nos hemos querido parecer a ellos”. Menuda novedad. Gentiles y no gentiles defraudamos continuamente a los demás, pero, como dice la amiga de Esty, no podemos ponernos sentimentales cada vez que nos hacen una faena. Es un pecado malgastar la única vida que tenemos gimoteando y, cuando llegan a Wannsee, los jóvenes estudiantes dejan su ropa hecha un lío sobre las toallas y corren a bañarse. Solo el berlinés permanece con Esty.

—Es precioso, ¿verdad? —le dice mirando gozoso a su alrededor. Luego señala una construcción en la orilla de enfrente—. ¿Ves aquella mansión? Allí fue donde los nazis decidieron matar a los judíos en los campos de concentración. En aquella casa.

—¿Y os bañáis en este lago?

—El lago no es más que un lago —responde el berlinés, y se lanza al agua.

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