Envidia de Joey

Nos han programado para que perduremos como especie, no para que estemos contentos como individuos.

En la cuarta temporada de Friends, Rachel y Mónica se ven obligadas a ceder su piso a Joey y Chandler tras perder una estúpida apuesta. Es un canje poco favorable. El apartamento de los chicos no solo es más pequeño, sino que da a un vecino que empieza cada día cantando a pleno pulmón: “¡La mañana, la mañana ha llegadoooo…!” “¡Oye!”, le grita Rachel desencajada: “¿Es necesario? ¡Hoy es sábado!” “Vamos”, contesta el vecino en tono conciliador, “¡ha llegado la mañana!” Y vuelve a la carga: “¡La mañana ha llegadoooo, ya sale el soool!” Rachel cierra violentamente la ventana y se levanta fuera de sí, incapaz de volver a conciliar sueño.

Hay que decir que el vecino es un pelma, pero también Rachel es una niña pija, voluble y superficial. Cambia de carrera porque no hay plaza de aparcamiento junto al edificio de Psicología, planta a su novio al pie del altar y boicotea todas las relaciones que Ross intenta durante la serie. Cuando algo se le antoja, lo abandona todo, se arroja sobre proas y alas hasta que lo posee y, después, lo desecha como un pañuelo usado.

El común de los mortales no somos diferentes. Consideramos que la satisfacción depende de lo que nos pasa, de una configuración concreta de la realidad. Necesitamos que todo sea de una manera para sentirnos a gusto. Qué dichoso sería, pensamos, si me tocara la lotería, si se acabara la epidemia, si mi equipo ganara la Champions… Siempre hay algo que se interpone entre nosotros y la felicidad, pero su encanto se desvanece en cuanto lo alcanzamos.

Este estado constante de anhelo en que nos mantiene nuestro cerebro tiene todo el sentido desde el punto de vista evolutivo. Nos han programado para que perduremos como especie, no para que estemos contentos como individuos. En la sabana africana, el homínido apacible, que disfrutaba el presente en lugar de angustiarse por el futuro, no duraba mucho. El paranoico, por el contrario, sobrevivía para reproducirse y llevamos en la sangre su ansia infinita, su propensión a saltar a la menor provocación. No importa el daño objetivo. El fantasma de Canterville se limita a posar suavemente su mano de esqueleto sobre el hombro de la duquesa de Bolton; la depresión nerviosa se la provoca ella sola. Y el colega que asiste a nuestra presentación únicamente señala un par de defectos; el cabreo monumental es un invento nuestro.

Pero ante esta frustración, como Rachel, nos revolvemos contra la realidad. “Las cosas no van a quedar así”, nos decimos a la salida de la reunión, y aguardamos a que el colega cometa un error para restregárselo en público. Así se desatan y escalan unas guerras de oficina que, como las comerciales, no gana nadie. Soñamos en vano con una réplica redonda y definitiva, que hunda para siempre al rival. Como Barbara Berckhan explica en Defiéndete de los ataques verbales, la superrespuesta demoledora no existe. Ella misma, que pasa por ser un cinturón negro de la insolencia, cuenta que una humilde dependienta de ferretería la dejó una vez muda.

La única victoria posible es no ofuscarse, comprender que no se trata de quedar por encima del ofensor, sino de la ofensa. “Invulnerable”, escribe Séneca, “no es el que no recibe golpes, sino el que no es herido” y eso, en el caso de unas palabras, está en nuestras manos. “Lo que me han dicho, ¿es merecido o inmerecido? Si es merecido, no es agravio, sino crítica justa. Y si es inmerecido, deberá avergonzarse quien lo profirió”.

Por desgracia, hace falta un temperamento muy especial para mantener el juicio sereno. Rachel no lo tiene, usted y yo tampoco, pero Joey sí. Cuando Chandler y él acceden a devolver el apartamento a las chicas a cambio de unas entradas para los Knicks, le toca soportar de nuevo al vecino cantarín, pero no se enfada. Al contrario. Se une a la balada. “¡La mañana ha llegadooo”, clama entusiasmado, “ya sale el sooool!” Después, el vecino se va a trabajar y él vuelve a meterse en la cama.

Como recuerda Schopenhauer, no hay mayor fortuna que un buen carácter.

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