Pablo Iglesias ocupa el Ministerio de la Verdad

¿A quién le importan los hechos cuando eres el dueño de las palabras?

Si un activista de izquierdas hubiera entrado en coma a mediados de los 70 y recuperase hoy milagrosamente la conciencia, el resultado se parecería bastante a Pablo Iglesias. Su programa económico es un recetario de medidas trasnochadas. La vigilancia política de la autoridad monetaria, las nacionalizaciones, la banca pública o la reducción de la semana laboral quedaron totalmente desacreditadas en las décadas posteriores a las crisis del petróleo, pero se conoce que él estaba muy ocupado descifrando a Ernesto Laclau. No me extraña. No sé si han intentado leer a este historiador posmarxista. Les copio una frase de Hegemonía y estrategia socialista (1985):

“Es en los meandros de la multiplicidad de refracciones en el espejo quebrado de la «necesidad histórica» que comenzará a insinuarse una nueva lógica de lo social, la cual solo logrará pensarse a sí misma cuestionando la propia literalidad de los términos que articula”.

Y así todo.

Hasta a Íñigo Errejón le pareció “una lectura densa y complicada”, pero se la tragó disciplinadamente y ese fermento hizo que se le “tambaleasen algunas certezas”. La principal tiene que ver con la relevancia de la economía. Para Marx, la vida espiritual era un mero reflejo de la productiva. “No es la conciencia del hombre lo que determina su ser”, escribió, “sino el ser social del hombre lo que determina su conciencia”. Mientras la infraestructura económica siguiera en pie, la superestructura ética, jurídica y política no cambiaría. La transformación del mundo demandaba hechos antes que palabras.

Laclau y su mujer Chantal Mouffe pusieron boca abajo este esquema. Importan las palabras antes que los hechos y, para impulsar la revolución, hay que dar la batalla en el terreno de la propaganda. Ya no hace falta armar al proletariado y tomar el Palacio de Invierno, porque en las naciones avanzadas la autoridad no se ejerce mediante la opresión descarnada, sino con una combinación de consentimiento y coacción. El grupo dominante ha creado una visión del mundo que comparten hasta los dominados y, para derrocarlo, hay que imponer un relato alternativo.

Este planteamiento es extraño a la democracia liberal. Mouffe reconoce que en Occidente estamos buscando constantemente “un consenso completamente inclusivo”, y lo encuentra enternecedor. “Lo político”, dice, “tiene que ver con el antagonismo”, con “la hostilidad que hay en las sociedades humanas”. No existe el acuerdo perfecto. Todo orden social es hegemónico, hay un ellos y un nosotros que “no están dados” y que se construyen mediante una narración. Así lo ilustra Errejón: “Dos personas experimentan la frustración de modos diferentes” y, mientras permanezcan aisladas, su problema será un asunto particular. Dirán: “Qué pena, estamos fastidiados”. Pero un líder fuerte y carismático puede hallar “significantes” que actúen como nodos y enlacen ese malestar disperso hasta alumbrar una voluntad colectiva. Un ejemplo es el término casta. “Explica de forma sencilla un proceso sencillo por el cual las élites se han convertido en un solo poder, divorciándose de la realidad”. “¿Dónde estaba”, pregunta en otro lado, “ese 8% que emerge en las elecciones europeas [de 2014]? ¿En algún rincón, esperando a ser representado? No, no existía”. Era un “conjunto de privaciones y dolores”. Podemos recogió esa ira, la alimentó y la atizó hasta amalgamar una fuerza de choque imponente.

El inconveniente de un sujeto político así es que, a diferencia de la clase obrera, está hecho con retales, y no es fácil empujar algo tan heterogéneo y desarticulado en una misma dirección. Requiere purgas periódicas y, aunque Iglesias ha demostrado que no le tiembla el pulso a la hora de cortar cabezas, una cosa es tomar el poder y otra, ejercerlo. Para lo primero puede bastar la falta de escrúpulos y un puñado de eslóganes; lo segundo exige soluciones realistas y las andanzas de Syriza en Grecia revelaban que la retórica encendida la apagan deprisa en Bruselas.

Durante un tiempo pensé que también Unidas Podemos renunciaría a sus ideas trasnochadas en cuanto pisara moqueta. Ya no estoy tan seguro. Una vez que trasladas la acción política de la realidad al lenguaje, ¿qué más da la evidencia histórica? De lo que se trata es de que tu discurso prevalezca. Si te preguntan por la crisis del covid, tú contestas que peor fue la de 2008 y, si te piden cuentas por la gestión en las residencias de mayores, echas la culpa a la oposición. ¿A quién le importan los hechos cuando eres el dueño de las palabras y puedes, desde tu Ministerio de la Verdad, decidir que la guerra es la paz, la libertad la esclavitud y la ignorancia la fuerza?

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