Más allá de la razón

Si quieres que algo dure, no lo levantes sobre los endebles cimientos de la ciencia.

En marzo de 1929 Leonard Woolley anunció un descubrimiento sensacional a orillas del Éufrates: un gran depósito aluvial de arcilla, datado entre 3.500 y 4.000 años antes de Cristo, que delataba una crecida excepcional. “Si Woolley tenía razón”, escribe el asiriólogo Jordi Vidal, “acababa de demostrar que el Diluvio Universal descrito en el Génesis no era una mera leyenda […], sino un episodio histórico”.

Se trataba de un gran éxito de la arqueología bíblica, una disciplina consagrada a corroborar que el Antiguo Testamento es una crónica fidedigna de los orígenes de la humanidad. El bienintencionado propósito de sus practicantes era dotar de fundamento empírico a las religiones del Libro, pero las prisas con que trabajaban y, sobre todo, el que no tuvieran ojos más que para lo que andaban buscando no facilitaba la explotación adecuada de los yacimientos. En el Megido arrojaron a una montaña de escombros la inscripción de un faraón que no deben de mencionar las Escrituras. Y lo peor no era eso. Lejos de consolidar el relato judeocristiano, los fallidos intentos por dar con restos del arca de Noé o del peregrinaje de Moisés por el Sinaí (donde sí se ha documentado la presencia de pastores nómadas anteriores al Éxodo), ofrecían un flanco vulnerable a la crítica, que comenzó a cuestionar su historicidad y hasta la del rey David. En su afán por ganar prestigio científico, los arqueólogos bíblicos habían entrado en el toma y daca de los académicos, que a los extraños nos parecen una gente encantadora, pero porque solo se matan entre ellos, igual que la Mafia, como dice Woody Allen.

Joseph de Maistre lo advirtió hace siglos: si quieres que algo dure, no lo levantes sobre los endebles cimientos de la razón. El padre del autoritarismo moderno sostenía que la monarquía siempre sería más sólida que la democracia precisamente porque era absurda y eso la volvía inmune a la corrosiva acción del análisis. Había visto cómo la República de 1789 se hundía en el Terror arrastrada por un debate interminable, porque nunca faltan argumentos para justificar lo injustificable.

La ciencia es un proyecto en construcción permanente. Sus explicaciones valen hasta que se demuestra lo contrario, en cuyo caso se procede con absoluta normalidad al cambio de paradigma. Esta provisionalidad la vuelve poco apta para dispensar certezas, pero para eso están las ideologías. Aunque parten como la ciencia de la experiencia tangible, no alcanzan la madurez hasta que se cierran sobre sí mismas y flotan como burbujas ajenas a la realidad. El neoliberal argüirá, por ejemplo, que la austeridad fracasó durante la crisis de 2008 porque no se aplicó con la suficiente intensidad y, en el ámbito opuesto, el comunista atribuirá el insatisfactorio resultado de la Unión Soviética a que Stalin (o Jruschov o Brézhnev) traicionaron el auténtico espíritu revolucionario. Nunca falta una coartada endógena y esta autosuficiencia pone las ideologías al abrigo de la inevitable decepción de los hechos, que siempre llega, como le llegó a Woolley.

Resultó que el desbordamiento que había desenterrado en Mesopotamia no era tan excepcional. De hecho, las crecidas del Éufrates siguieron siendo habituales hasta que, en época muy reciente, la erección de embalses reguló su cauce. Hoy se sospecha que Woolley lo sabía y adornó un poco su hallazgo para captar el interés de los mecenas y financiar otros proyectos. Pensó sin duda que mentía por una buena causa, porque los recursos obtenidos se destinarían a ampliar el conocimiento del pasado, igual que tantos populistas creen legítima cualquier manipulación, pues impulsa el bienestar del futuro.

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