¡No es el racismo, estúpido!

La izquierda radical arremete contra los símbolos del capitalismo como paso previo a la liberación final.

A la concejala de Justicia Social, Feminismo y LGTBI del Ayuntamiento de Palma, Sonia Vivas, le parece muy bien que estén tirando las estatuas de Junípero Serra en California y propone hacer aquí lo mismo. De momento, ya ha conseguido que unos espontáneos pinten la palabra “racista” en el pedestal del monumento que el fraile tiene delante de la Basílica de San Francisco. ¿Cuál es su delito?

Junípero Serra fue un hombre de su tiempo, con una cosmovisión marcada por la religiosidad y el eurocentrismo. Su objetivo confeso era “la conversión de infieles a nuestra fe católica” y no dudó en aplicar castigos físicos a los indios que no “guardasen puntualmente los divinos preceptos”, especialmente los referidos al sexo. Es un trato que nos resulta hoy abominable, pero no suponía discriminación alguna: en la península también acababas en las mazmorras de la Inquisición por una “simple fornicación”. El celo evangelizador, la intransigencia y la violencia han sido la norma en esta piel de toro casi hasta anteayer. La gente soltaba con toda naturalidad frases como: “Cuando el pueblo español se alzó en armas contra el agareno invasor y regó su suelo con sangre musulmana para expulsarlo, obró con caridad”. Menudo disparate, ¿no?

Lo que pasa es que la cita no es de Torquemada ni de don Marcelino Menéndez Pelayo. Falta el broche final: “Pues el nacionalismo bizkaino (sic) se funda en la misma caridad” y es, como habrán adivinado, una más de las muchas barbaridades que publicó en Bizkaitarra Sabino Arana. Hay una escultura suya en los jardines de Albia de Bilbao. ¿Por qué no pide Unidas Podemos que la derriben?

Desengáñense. El enemigo a batir no es el racismo, aunque muchas personas de buena voluntad secunden el brote de iconoclastia. El objetivo es el cambio de régimen. Igual que lo primero que hicieron las tropas de Bush cuando entraron en Bagdad fue apear de su pedestal a Sadam Hussein, la izquierda radical arremete contra los símbolos del capitalismo como paso previo a la liberación final. Nos dice: “¿Cómo puede ser bueno un sistema que rinde culto a traficantes de esclavos, etcétera? ¡Acabemos con él!”

El problema de este planteamiento es que endosa todos los abusos habidos y por haber a una única fiera quimérica. Coincido con Vivas en que “las ciudades hablan mediante los nombres de sus calles […] y estatuas”, pero no cuentan “una historia política”, sino muchas. Cada monumento responde a motivos y circunstancias dispares, no a un plan coherente y preconcebido. Por eso el mobiliario urbano evoca más el caos acogedor de un panteón idólatra que la severa uniformidad de una iglesia monoteísta. Madrid es en ese sentido saludablemente pagana: en una esquina se rinde homenaje al semidiós socialista Francisco Largo Caballero, unas manzanas más arriba al mártir conservador José Calvo Sotelo, y no se estorban. Y en Sevilla veneran a un partidario de las encomiendas como Cristóbal Colón en el barrio de Santa Cruz y, a un cuarto de hora andando, en el puente de Triana, a su mayor debelador, Bartolomé de las Casas.

Esta heterogeneidad se adapta mal al catálogo podemita, que trabaja básicamente dos tallas: nosotros-los-buenos y ellos-los-fascistas. Semejante indigencia conceptual obliga a sus líderes a estirar y torturar las palabras hasta que dicen lo que quieren, que no siempre es lo mismo. Unas veces el fascista es en efecto un fascista, con su haz de varas y su camisa negra, pero otras es un socialdemócrata o un liberal o un maoísta. Hay quien lógicamente se desconcierta, pero como diría otro marxista: “¿A quién va usted a creer? ¿A mí o a sus propios ojos?”

Además, en el fondo lo hacen con la mejor de las intenciones, aunque luego no se sorprendan ustedes si en la tierra prometida a la que pretenden llevarnos de la mano de ERC y Batasuna el racismo persiste.

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