El remdesivir y el capitán Trump

“¿De quién son las cosas?”, dice Salvador Sostres. “¡De quien las compra, como siempre! ¿O es que vamos ahora a descubrir la sopa de ajo?”

Donald Trump ha comprado toda la producción mundial de remdesivir, el único fármaco aprobado para el covid, y a María Jesús Lamas, la directora de la Agencia Española de Medicamentos, le parece “éticamente inaceptable”. Lo declaró hace dos jueves en la Cope y Salvador Sostres se puso como una fiera. “Cuando usted ha dicho que le parece poco ético”, le increpó el tertuliano, “¿a cuántos pacientes americanos cree que debería dejar de tratar el presidente Trump para ser ético? Desde el mundo de los antiéticos”, añadió con sorna, “querría saber dónde está la medida”.

Lamas se rio nerviosamente y, tras un breve rifirrafe, argumentó que restringir el uso del antiviral a un grupo limitado no contribuye a parar la pandemia. Luego, una vez ella fuera de antena, Sostres arremetió contra la conductora del programa, Pilar García Muñiz, que tampoco entendía por qué tenía Trump derecho a acaparar el remdesivir. “¡Porque lo ha comprado!”, le chilló Sostres. “¿De quién son las cosas? ¡De quien las compra, como siempre! ¿O es que vamos ahora a descubrir la sopa de ajo?”

Debo decir que incluso un firme defensor del mercado como yo tiene problemas para justificar la decisión del presidente estadounidense. Como regla general, hay que dejar que las señales de los precios orienten a los agentes. Cuando el café sube suele ser porque no hay demanda suficiente y es bueno que alguien cultive más para satisfacerla. Con todas sus imperfecciones, este sistema es el mejor para lidiar con los problemas de escasez, que es el propósito de la ciencia económica.

Ahora bien, como apunta Michael Sandel, “no hay razón para pensar que deba haber un solo mecanismo que determine la distribución de todos los bienes”. Algunos se reparten por mérito, como las notarías; otros por orden de petición, como las entradas de teatro, y otros por necesidad, como la atención médica. La injusticia consistiría, según Sandel, en no respetar la lógica de cada ámbito. Pensemos en un trasatlántico que se va lentamente a pique y, debido a la imprevisión o la avaricia del armador, carece de botes salvavidas suficientes. Se podría montar una rápida puja y otorgar las plazas disponibles al mejor postor. Esa sería la solución de Sostres: las cosas son de quien las compra, pero estoy seguro de que muy pocos la encontrarían apropiada.

En descargo de Sostres hay que señalar que la alternativa buenista suele ser poco operativa. Indignarse y proclamar el derecho universal a un bote salvavidas permitiría a los pasajeros ahogarse con la tranquilidad de saber que viajaban en un paquebote que se adhería a los más estrictos valores democráticos, pero de lo que se trata es de encontrar una fórmula que concilie lo que se quiere hacer y lo que se puede hacer.

En el caso de los recursos médicos, es lo que se plantearon los suecos en 1992. Crearon una comisión parlamentaria y, tras amplias consultas y largas deliberaciones, identificaron tres criterios de asignación: dignidad, solidaridad y efectividad. El primero insta a dar a todos los ciudadanos las mismas oportunidades, con independencia de su posición; el segundo, a concentrar los medios donde más falta hagan, y el tercero, a no dilapidarlos.

En el caso del remdesivir, la dignidad obligaría a no distinguir entre naciones, lo cual no solo es más amable, sino más sensato, porque el virus no entiende de fronteras y de esta salimos todos juntos o no salimos. La solidaridad apremiaría a curar antes a los más vulnerables y la efectividad requeriría la supervisión por parte de alguna autoridad imparcial.

Nadie dice que esto sea lo ideal. Las cuestiones de moral no tienen una respuesta universal y los debates sobre botes salvavidas se prestan especialmente a las ocurrencias polémicas, como la que en 1974 defendió el biólogo Garrett Hardin. Suponga que es usted uno de los afortunados adjudicatarios de una plaza en el naufragio del que antes hablábamos. Siguiendo el principio de efectividad, en la lancha se debe apretujar junto con otras 39 personas. Al timón se halla el capitán Trump y, de pronto, del agua oscura emerge un pobre grumete que se agarra al pasamanos y le pide por favor que lo ice. Usted duda angustiado, pero Trump le grita desde popa: “¡Húndale la cabeza!” El peso del grumete quizás los haga zozobrar y sacrificar una vida para salvar otras 40 parece un cálculo razonable. ¿No hay nada que pueda hacer?

Claro que sí, sugiere Hardin. Si tanta pena le da, tírese al agua y cédale su lugar. Habría un llorica menos. “El bote, por así decirlo, se depura a sí mismo del sentimiento de culpa”.

Martin Cohen apunta, no obstante, otra opción: lanzar al capitán por la borda. Lo pongo por si alguien insiste a pesar de todo en descubrir la sopa de ajo.

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