Por qué Dios creó el mundo en siete días

Es natural aspirar a tener la casa más espectacular, el mejor coche y la pareja diez, pero la vida es breve y las opciones son casi ilimitadas.

Una de las ocurrencias más disparatadas de Occidente es esta obsesión por la perfección. Desde Platón hasta Íñigo Errejón, pasando por Moro, Campanella y Marx, pensamos que hay un modo preciso de organizarlo todo. ¡Por favor! Eche un vistazo a su alrededor. Ni Dios se tomó tantas molestias. En Los viajeros del tiempo, los enanos que le ayudaron a crear el mundo no pueden por menos que disculparse. “Solo tuvimos siete días, y esto es lo que pasa”. Y en otra escena, el personaje del Mal protesta de lo poco que le importan a Dios la tecnología y la revolución del silicio. “¿En qué invierte el tiempo? En 43 especies de loros. En pezones para los hombres. En babosas. ¡Hizo babosas que no pueden hablar, que no pueden oír, que no pueden manejar maquinaria! ¿Estamos o no en manos de un lunático?”

Y si el Sumo Hacedor se permitió alguna chapuza, ¿por qué usted no? Es natural aspirar a tener la casa más espectacular, el mejor coche y la pareja diez, pero la vida es breve, las opciones son casi ilimitadas y es imposible tomar muestras representativas de todo. Dese un paseo por cualquier gran superficie. En el supermercado de su barrio, el psicólogo estadounidense Barry Schwartz identificó 285 tipos de galletas dulces, 16 purés de patata instantáneos, 120 salsa para pasta y 175 aderezos para salsa.

Esta exuberancia llega a provocar “parálisis por análisis”. La expresión procede del consultorio que mantiene otro psicólogo, el israelí Dan Ariely. Hace unas semanas, un lector le comentaba que quería regalar un ordenador a un familiar y este era incapaz de decidirse por uno. “¿Cómo puedo ayudarle?”, le preguntaba angustiado.

Hay quien siente nostalgia de la época en que todo era más sencillo y había una única cadena de televisión, y es verdad que la variedad no va siempre acompañada de más calidad, como comprobó Bruce Springsteen cuando se hizo millonario, se compró un chalet en Beverly Hills y contrató un paquete de cable. “Cincuenta y siete canales y nada que ver”, se lamenta el estribillo de uno de sus temas.

Muchos piensan que el capitalismo nos ha sumido en un frenesí insoportable y hay que acabar con él. Es lo que hace el protagonista de la canción de Springsteen: coge un revólver del 44 y le descerraja un tiro a su televisor. Pero en lugar de cambiar el régimen económico que ha erradicado el hambre y la pobreza de Occidente, ¿no sería más sensato cambiar nosotros?

Basta con que asumamos que toda elección comporta una renuncia. No existe lo mejor en ningún ámbito. El castillo de Balmoral es espectacular, pero no hay modo de que la sopa llegue caliente al comedor. Conducir un Ferrari es una pasada, pero no tiene maletero y pruebe a aparcarlo una noche en la calle. Y cuando Augusto Algueró se casó con Carmen Sevilla, considerada entonces la mujer más guapa de España, descubrió que apenas podía ponerle la mano encima porque siempre andaba con algún tratamiento: mascarilla para el cutis, pepinillos para los párpados, crema reafirmante para la papada.

Lo que nos hace infelices no es la imperfección, sino nuestro afán de perfección. “Coja a su familiar”, aconseja Ariely al lector, “téngalo mirando ordenadores dos horas y, al cabo de ese periodo, compren el que más les convenza”. No será la máquina ideal, pero es la misma solución que escogió Dios: fijarse un límite y dedicarse después a disfrutar.

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