Antonio el Ebanista

El mejor lugar para guardar la comida que sobra es el estómago del vecino.

“Yo era muy pequeña cuando la guerra”, cuenta mi madre. “Lo que más recuerdo es el hambre. Le decía llorando a tu abuela: ¡Mama, dame una chuleta, aunque sea de borrico!”

Pero en el invierno de 1936 en Madrid no quedaban ni gatos. Todos habían ido a parar al puchero. Arroz con conejo.

Mi abuela estaba desesperada. Su marido había caído prisionero en las primeras escaramuzas y las raciones minúsculas que obtenía después de horas interminables de cola no le daban para alimentar a sus cuatro hijos, así que decidió irse a Barcelona. Allí tenía un hermano y las cosas no podían estar tan mal.

Los detalles del viaje se han difuminado con el tiempo. Mi madre dice que duró varios días y que, en algún punto del camino, conocieron a un matrimonio de Málaga que se encaprichó de mi tía Conchita. “Era monísima, ellos no tenían niños y ofrecieron quedarse con ella. ¿Qué podía hacer tu abuela? Parecían buena gente y le iban a dar de comer”.

De la estación fueron directamente a la casa del hermano, pero no les permitió ni pasar esa noche. “No podemos acogeros”, les dijo, “no hay comida ni para nosotros”. Mi abuela se encontró en la calle con tres criaturas de siete, cinco y tres años. Hacía mucho frío y se metieron en el metro. Allí los encontró Antonio el Ebanista.

“Al ver a una mujer sollozando junto a tres niños pequeños”, recuerda mi madre, “se acercó y le preguntó: ¿le pasa algo, señora? Nada, dijo ella secándose los ojos, que me he venido de Madrid porque allí está todo fatal y aquí estaba mi hermano, pero no me ha dejado ni entrar y ahora no tengo dónde ir. No se preocupe, le dijo él, vénganse conmigo; tengo una habitación donde al menos estarán calientes”.

Allí pasaron la guerra.

“¿Qué fue de Antonio el Ebanista?”, le pregunto hoy a mi madre. No lo sabe. “Durante años, le mandábamos un paquete con ropa y comida por Navidad. Luego se debió de morir, porque dejamos de mandarlo”.

Parece una retribución escasa: un paquete con ropa y comida por Navidad. Pero ¿cómo se paga un gesto semejante? De ningún modo. Los inuits sostienen que el mejor lugar para guardar la comida que sobra es el estómago del vecino. No buscan ni desean la correspondencia. Al contrario: eso significaría que les va mal y pasan hambre. El propósito de esa institución es tejer una trama de favores que sirva de red de seguridad para quien pueda necesitarla.

Mi madre aprendió bien la lección. Muchos años después de aquel viaje en tren, yo intentaba que un reputado ilustrador me hiciera unos gráficos, pero él se resistía. “Estoy hasta arriba, lo siento”. “No se preocupe”, le dije al fin, “pero si cambia de opinión, llámeme. Soy Miguel Ors Villarejo”. “¿Villarejo?”, repitió. “¿Tiene algo que ver con doña Margarita Villarejo?” “Sí, soy su hijo”. “¡Cuente con los gráficos!”

Al parecer, aquel hombre había sido inquilino de mi madre en unos momentos especialmente duros de su vida. Recién llegado de Argentina, no encontraba trabajo, se había comido los ahorros y no tenía para pagar el alquiler. “No te preocupes”, le dijo mi madre, “ya me lo darás cuando te vaya mejor”.

Es muy difícil no ver una conexión entre estos tres actos. Como las ondas que levanta la piedra lanzada a un estanque, la generosidad de aquel ebanista se perpetúa en la de mi madre y el grafista y aún reverbera en estas líneas. Si las sientes temblar, lector, no eres tú. Es Antonio.

2 comentarios en “Antonio el Ebanista

  1. Miguel, bien sabemos que nuestra familia es maravillosa y lo más importante es nunca nunca olvidar de donde venimos, esas acciones que relatas son lo que hemos mamado ( y con orgullo) y nunca perderemos. Yo sé que cada uno en lo que podamos siempre estaremos con quién necesite . ES UN GRAN LEGADO que nos están dejando. Y te puedo asegurar que nunca fallaremos.

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