Por qué los robots nunca dominarán el mundo (y los humanos tampoco)

“La estupidez natural supone una amenaza mucho mayor que la inteligencia artificial”, dice en Lo imprevisible Marta García Aller.

La última vez que fui a Galicia pillé un atasco monumental. El taxista que me traía del aeropuerto me comentó lo estresante que se había vuelto la vida moderna y, mientras se lamentaba de la pesadez del tráfico, la contaminación y la competencia de Uber, yo pensaba para mis adentros que sí, pero que debió de ser más estresante andar por estos parajes en taparrabos persiguiendo elefantes con una lanza.

Nos cuesta evocar las penurias del pasado en su grado exacto de ansiedad. Las consideramos algo resuelto, superado. Para el ciudadano actual, los elefantes no son unas bestias aterradoras. Son trofeos cinegéticos. Los reyes y los ricos los matan por diversión. El presente, por el contrario, se nos figura erizado de dificultades y soñamos con el día en que las sometamos todas por fin y podamos descansar. Pero detrás de cada puerta que abrimos hay otra cerrada, como en los dibujos animados. “Si en algo somos expertos los humanos es en inventarnos necesidades que a su vez generan nuevos problemas a los que luego buscar solución”, escribe Marta García Aller en Lo imprevisible. El motor de explosión abarató el transporte y puso al alcance de la población general artículos antes reservados a una minoría, pero también trajo los embotellamientos, el cambio climático y las VTC, y hay momentos en que uno se plantea: ¿merece la pena?

En general, sí, pero mucha gente ha desarrollado una tecnofobia aguda. “En todas las charlas de presentación de mi anterior libro”, recuerda García Aller, “cuando contaba cómo los algoritmos estaban asumiendo las tareas rutinarias, no ya en las fábricas, sino en los bufetes de los abogados y las consultas de los médicos, la reacción del público no era de alegría. Me chocaba mucho. Daba igual que en el patio de butacas hubiera alumnos de cuarto de la ESO o directivos del Íbex. Siempre surgía la pregunta de si era buena la automatización. Y yo contestaba que seguiría habiendo abogados y médicos, solo que los robots se encargarían de las tareas aburridas y los humanos, de lo demás”.

Lo demás suena a poca cosa, pero tiene su miga, como ha puesto de manifiesto la pandemia. “Parecía que los protagonistas del siglo XXI iban a ser los algoritmos, pero no”. Resulta que cuando se produce el roto importante, nos toca a nosotros arreglarlo. Por ejemplo, “gracias al big data se había mejorado la gestión de inventarios y creíamos que la teníamos dominada. Para determinar la demanda de ropa de la semana próxima consultábamos la temperatura media, el nivel de paro, si jugaban el Madrid o el Barça, pero de repente llega el confinamiento y eso no vale para nada. Lo que se agotan son las bicis estáticas, las pesas y las elípticas, y los robots ni lo huelen porque para eso hace falta imaginación, una mente que dote de sentido lo que ocurre y que es que la gente quiere seguir haciendo ejercicio durante el encierro. El sistema, por deslumbrante que parezca, está constreñido a lo trillado y repetitivo y se bloquea ante lo imprevisible”.

Ahí, en lo imprevisible, en lo que excede la capacidad de las máquinas, está el nudo gordiano de la existencia, el auténtico peligro, pero el miedo que la tecnología nos inspira ha sido una constante a lo largo de la historia. El emperador Tiberio ejecutó a un desgraciado que le presentó un cristal irrompible, porque debió de pensar que iba a acabar con la industria del vidrio. Y en 1589 William Lee fue más afortunado: Isabel I no lo ejecutó por diseñar una máquina de tejer, pero tampoco le dejó comercializarla. “Apuntáis alto, maestro Lee”, le explicó. “Considerad qué podría hacer este descubrimiento a mis pobres súbditos. Sería su ruina. Los privaría de empleo y los convertiría en mendigos”.

Desde la seguridad que da saber cómo terminó la Revolución industrial sonreímos con condescendencia ante la ansiedad de romanos e isabelinos, pero nos sudan las manos cuando vemos el uso que da un Gobierno como el chino a la información que hemos ido soltando confiadamente por las redes sociales y nos preguntamos si no caminamos hacia la distopía orwelliana. “No digo que algo no pueda salir mal”, admite García Aller, “pero será porque se nos va de las manos, por demérito nuestro, no por mérito de las máquinas”. Estas son un espejo, reflejan lo que somos y, si las programamos para hacer idioteces, harán idioteces. En su libro, García Aller habla de Matthew Liao, un filósofo que quiere aprovechar la ingeniería genética para reducir la estatura media de la especie porque así las casas serían más pequeñas, cabríamos más en los aviones y consumiríamos menos energía. Y como este, se pueden exponer otros casos. “Los terraplanistas, los populistas, los conspiranoicos… Todo esto nos va a acompañar siempre. La estupidez natural supone una amenaza mucho mayor que la inteligencia artificial”.

Incluso aunque construyéramos un ordenador perfecto que lo anticipara todo, ¿le haríamos caso? “China no podía estar mejor preparada para el coronavirus. Había sufrido brotes similares antes, pero se les fue de las manos porque nadie quería coger el móvil y avisar a Pekín. Es el factor humano. A cualquier innovación, por sofisticada que sea, le buscamos una puerta trasera. A las 24 horas de concebirse los libros de contabilidad se habían ideado las anotaciones al margen. Pasamos a los colegas la tarjeta del trabajo para que fichen por nosotros, engañamos a la pulsera que nos cuenta los pasos…” No tenemos remedio. “Se habla del trashumanismo y del mañana brillante que nos aguarda cuando nos inserten en el cerebro chips de memoria o prótesis para correr más rápido, ver más lejos y saltar más alto. Pero en cuanto profundizas un poco, adviertes que no hay ninguna garantía de que todas esas capacidades adicionales vayan a usarse en algo útil, y no para hacer memes o ver vídeos de gatos en YouTube”.

Esta indisciplina hace el mundo inmanejable y ni los robots ni las personas lo dominarán nunca. Después de siglos de esfuerzo, hemos domesticado y protocolizado muchos problemas, pero siempre surge algún imprevisto. Un gallego del paleolítico se asombraría de la pericia con que cazamos elefantes mientras nos trae de cabeza un bichito microscópico. “La mala noticia del covid”, concluye García Aller, “es que vamos a tener que seguir resolviendo nosotros las cosas. Y la buena es que vamos a tener que seguir resolviendo nosotros las cosas”.

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