¿Cuál debe ser la prioridad de una empresa?

En un mercado libre te haces rico si vendes lo que los clientes quieren, no si contratas más.

De niño me impresionó mucho un corto de Disney que relataba la historia de Paul Bunyan. La capacidad de este leñador gigante y su buey Babe para talar y acarrear árboles era proverbial, pero un día se presentó en el Gran Norte un sujeto llamado Joe Muffaw. Traía dos artefactos que, según él, iban a transformar el negocio maderero: la sierra mecánica y el tren de vapor. Joe Muffaw tenía la nariz larga y afilada y un bigote de guías puntiagudas, signos inequívocos del villano en la iconografía de los dibujos animados. “¡Modernízate!”, le gritó a Bunyan, a lo que este contestó: “¡Yo te enseñaré de lo que soy capaz con un hacha!” Quedaron en ver quién formaba la pila de troncos más alta y recuerdo haber anticipado con delectación la paliza que el insolente Muffaw iba a recibir. Pero ganó. Por poco, pero ganó. “La máquina venció al hombre”, resumía la voz desolada del narrador sobre un plano de Bunyan alejándose acompañado de su buey.

Este sentimiento de derrota ante el progreso persiste todavía hoy, aunque en otros ámbitos. Unidas Podemos y los sindicatos están inquietos porque la fusión de Caixabank y Bankia destruirá muchos puestos de trabajo. ¿Debe ser su preservación la prioridad de cualquier compañía? Importa, sin duda, pero importa más la rentabilidad, porque indica que está dando al público lo que desea. En un mercado libre te haces rico si vendes lo que el cliente quiere, no si contratas más. De hecho, tu supervivencia depende de hacer cada vez más con menos recursos, humanos y de los otros. Y aunque eso parece incompatible con el mantenimiento del nivel de empleo, a la larga genera más y mejor pagado.

Pensemos en un viticultor que mecaniza su vendimia. Obtiene un ahorro del 25%, que aprovechará inicialmente para engordar su beneficio, pero también para bajar precios y ampliar su cuota a costa de los rivales que aún producen artesanalmente. Estos no tardarán, sin embargo, en modernizarse y, para recuperar terreno, ofrecerán rebajas adicionales. Estallará así una sana guerra de precios que acabará trasladando la ganancia de productividad al bolsillo del consumidor, que necesitará menos dinero para comprar el mismo vino y experimentará por tanto el equivalente a un modesto aumento salarial.

Y si a la mejora de eficiencia de la vendimia sumamos la de la producción textil, siderúrgica, etcétera, nos encontramos con que, al cabo de una generación, el aumento salarial ya no es tan modesto.

¿Y qué ocurre con los jornaleros, los tejedores manuales, los herreros? No pueden rivalizar, como Bunyan, con las nuevas tecnologías y Marx creía que ello los condenaba a la miseria, pero no fue lo que ocurrió tras la Revolución industrial. La calidad de vida es hoy infinitamente superior. ¿Por qué?

La mejora de la capacidad de compra derivada de la caída de los precios permitió a la población comprar más y, para atender esa demanda emergente, hubo que abrir más plantas. Como explica Paul Krugman, estas deben ofrecer “salarios superiores a los que se pagan en otras áreas para captar mano de obra”. Al emigrar esta a la ciudad, “la presión sobre el campo se reduce, de modo que los salarios rurales también suben. Y como la reserva de parados cae, las fábricas compiten por ellos, impulsando su retribución”. Con el tiempo, la acción combinada de innovación y mercado eleva como una marea el bienestar de patronos, trabajadores y consumidores.

Es verdad que no todos los desplazados por la mecanización se reabsorbieron, pero acabaron en tareas que entonces se desconocían. ¿Quién y cómo las financió? Nadie en particular. Cada innovación genera una expansión local: beneficia al empresario que la introduce, a los obreros que contrata, a la población donde vive. El excedente se destina al principio a satisfacer las necesidades más perentorias, pero una vez cubiertas busca otros destinos. A la gente el dinero le quema en las manos y cada mañana millones de emprendedores discurren maneras de aliviar esa molestia. Son visionarios como Henry Ford, Steve Jobs o los hermanos Lumiére, que desafiaron la idea de que muy pocos querrían pagar por poseer un coche o un ordenador o ver una película. Ninguna de esas industrias existía en el siglo XIX y hoy emplean a millones de personas.

El propio Paul Bunyan, cuenta Disney, se trasladó a Alaska, donde los golpes que intercambia con su buey hacen saltar los fogonazos que llamamos aurora boreal. De algún modo, también él se ha incorporado al mundo del espectáculo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s