La monarquía y el cocodrilo del Pisuerga

No esperen que ningún argumento racional mitigue la campaña de Iglesias contra el rey. Hay un carácter mágico, telúrico en su adhesión a la república.

A Felipe VI le “hubiera gustado estar en Barcelona”, en la ceremonia de entrega de los despachos a los nuevos jueces. Así se lo manifestó al presidente del Tribunal Supremo y la filtración del comentario provocó la salida en tromba de Unidas Podemos. Alberto Garzón lo consideró “una maniobra” contra un Ejecutivo “democráticamente elegido” y Pablo Echenique añadió en tono didáctico: “Para que la noticia se entienda bien, añadamos la legitimidad democrática de cada uno. El rey (no le ha votado nadie) llama a [Carlos] Lesmes (mandato caducado hace dos años) para quejarse juntos del Gobierno de coalición (fruto de la mayoría parlamentaria tras elecciones generales)”.

Agitar el fantasma de la república se ha convertido en una práctica habitual de cierta izquierda en tiempos de zozobra. Es como el avistamiento de ovnis o de cocodrilos en el Pisuerga: se intensifica durante las crisis. Una de las últimas veces que el debate se suscitó fue en vísperas de la Gran Recesión. Gregorio Peces-Barba publicó entonces un artículo titulado “El valor de la Corona” en El País. “¿Es posible”, se preguntaba, “mantener una crítica republicana contra esta nueva forma de monarquía?” Y recordaba cómo no tiene nada que ver con las “preliberales de carácter absoluto”. Felipe VI no es poder del Estado ni titular de soberanía. Sus actos deben llevar el refrendo del presidente o los ministros. Puede mediar en las disputas que surgen entre los actores políticos con capacidad de decisión, pero “a través de la persuasión, no de la imposición”. Es una función importante, como puso de relieve el 23F, pero limitada y cabe preguntarse si es indispensable que la ejerza un cargo electo.

Si el problema es la legitimidad, como apunta Echenique, hay que decir que no todos los puestos de un estado de derecho se cubren mediante votación popular. Ni los jueces ni el gobernador del Banco de España ni el presidente de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia salen de las urnas, y eso no menoscaba su autoridad.

El origen democrático lo confieren las Cortes, y las Constituyentes resolvieron que la jefatura del Estado recayera en un Borbón. La decisión se sometió a un referéndum que los ciudadanos aprobaron masivamente (88,54%) y, mientras no se revoque, esa es la legalidad vigente. Y el caso es que no se revoca. ¿Por qué? Porque no hay mayoría para ello, es decir, porque los representantes escogidos comicio tras comicio han dispuesto que así sea. El rey no necesita “elecciones periódicas para ratificar el ejercicio legítimo de su función”, sostenía Peces-Barba. Tras el respaldo popular inicial, “basta con la lealtad y el desarrollo de sus funciones de acuerdo con la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico”. Por supuesto, si este se vulnera, no debería acogerse a ninguna inviolabilidad. Como ha señalado el propio Juan Carlos I, “la justicia es igual para todos”.

Peces-Barba cuestionaba, en fin, que un presidente republicano fuese a ejercer la magistratura con mayor imparcialidad que un monarca que carece “de prerrogativa” y “no compite […] con otros poderes”, como en los regímenes donde concurren un jefe del Estado elegido por sufragio universal y un primer ministro emanado de una mayoría parlamentaria, “sobre todo cuando las dos figuras pertenecen a diferentes partidos”.

No esperen, sin embargo, que estos argumentos mitiguen la campaña de Iglesias contra la Corona. Hay un carácter irracional, mágico en su adhesión a la república, cuya luz contrasta con el Mordor monárquico. En su entrevista de La Vanguardia la defiende como “un horizonte de ilusión que haga viable una España distinta a la oscuridad de la ultraderecha”, en la que “los derechos sociales sean eje constitucional”.

También recuerda una anécdota del sociólogo Vicenç Navarro. “Él está casado con una sueca y resulta que su madre y su suegra se rompieron la cadera casi la misma semana [y me] explicaba cómo era el sistema de atención domiciliaria de su suegra [en Suecia], que pudo recuperarse de maravilla […] recibiendo varias visitas al día de trabajadores públicos […] y cuál fue la suerte de su madre en el sistema sanitario [español]. Y creo que es un ejemplo que revela bien hacia dónde tenemos que mirar”.

Estoy de acuerdo. Suecia es un modelo a imitar, pero da la casualidad de que es una monarquía parlamentaria. No parece que el rey sea un obstáculo ni para la libertad individual ni para los derechos sociales ni para la plenitud democrática.

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