Isabel

“El hombre”, dice Pascal, “es apenas una caña, el objeto más frágil de la creación, pero una caña pensante”.

Este fin de semana nos han dejado a mi nieta Isabel. La casa de los abuelos es para ella un continente inexplorado, un bosque amigable que encierra prodigios insospechados en cada rincón: el revistero, una cuchara de madera, el cubo y la fregona, un interruptor. Gatea arriba y abajo por el pasillo con un estilo poco ortodoxo: lanza a lo alto los bracitos, como si fuera a poner un par de banderillas, y los deja caer de golpe en el suelo. Avanza así bulliciosa e incansable, deteniéndose de cuando en cuando para coger algo que le llama la atención, husmearlo, llevárselo a la boca. Todo es reciente y extraordinario y ríe simplemente porque nuestro perro es negro y paticorto y el suyo, esbelto y marrón. ¿No es prodigioso?

Al llegar la noche, la echamos en su cunita y la arropamos cuidadosamente, pero ella se destapa y se rebela. Se agarra a los barrotes, trepa fatigosamente, aúlla indignada hasta que el cansancio la vence y se duerme en una postura inverosímil, como petrificada, con las piernas dibujando un salto y el brazo estirado para alcanzar una polilla, un pájaro, algo. Luego, con las primeras luces de la mañana, se agita otra vez, parlotea y, cuando te asomas a la cuna, te sonríe feliz, te tiende sus manitas para que la rescates y te envuelve como un monito en un abrazo sin resquicios.

“La primera niñez”, escribe Francisco Umbral, “la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, solo se recupera con el hijo”. Y con la nieta. Isabel me ha devuelto las noches que pasaba con mis abuelos. Los paternos vivían enfrente del parque de Eva Perón, en un piso luminoso y alegre. El de mis abuelos maternos daba, por el contrario, a un patio interior y era silencioso y oscuro: me intimidaba. Unos y otros me paseaban con orgullo entre sus vecinos y yo sentía complacido el afecto que irradiaba de aquellos extraños y lo daba prematuramente por descontado, convencido de que así sería siempre.

Esos jirones de memoria y los que conserven otros nietos es lo que va quedando de mis abuelos. Cuando Isabel tenga mi edad, también se acordará de nuestro pasillo interminable y de que teníamos una perrita negra y paticorta. Luego se irá haciendo mayor y el rastro de nuestro paso por la Tierra se difuminará hasta disiparse por completo.

“El hombre”, dice Pascal, “es apenas una caña, el objeto más frágil de la creación, pero una caña pensante. No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un soplo de viento o una gota de agua bastan para destruirlo. Pero incluso cuando el universo lo aplasta, el hombre sigue siendo más noble que lo que le mata, porque sabe que muere y conoce la ventaja que el universo tiene sobre él, mientras que el universo no sabe nada”.

Nuestra grandeza reside en esa capacidad de conocer. Ninguna otra especie ha sido invitada al espectáculo de su existencia y nadie aprovecha mejor ese privilegio que el niño. La vida es un pasaje de ida y vuelta a ese candor. Después de miles de horas de estudio y lecturas, de reportajes y conferencias, de viajes y discusiones comprendes que lo más genuino a lo que podemos aspirar, a lo que debemos aspirar, es al goce elemental de Isabel en el pasillo sorprendiéndose del revistero, de una cuchara de madera, del cubo y la fregona, de un interruptor.

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