El secreto de Silicon Valley

Si la humanidad ha llegado tan alto es porque ha aprendido a poner no la otra mejilla, sino la mejilla de otro.

Nuestros antepasados pensaban que lo mejor de la historia había quedado a sus espaldas y que la humanidad había ido degradándose a partir de una edad de oro, de un tiempo mítico que no conocía ni la guerra ni el trabajo ni la vejez ni la enfermedad. La idea de que nuestros hijos vivirán peor que nosotros no era una inquietante excepción, sino la regla, un destino fatal. ¿En qué momento le dimos la vuelta a esta concepción y situamos el paraíso en el futuro?

El progreso se considera una criatura de la Ilustración. Turgot aseguraba en 1750 que “con alternativas de calma y agitación, de bienes y males, [nuestro género] marcha siempre hacia una perfección mayor”, pero esto no se traduciría en una mejora de los niveles de vida hasta la Revolución industrial, con la introducción del motor de vapor. Este invento cambió nuestra historia. ¿O no?

En realidad, el motor de vapor se conoce desde el siglo I. Herón de Alejandría describe una máquina llamado eolípila, que gira calentando el agua de un depósito. ¿Por qué los romanos la utilizaron solo como curiosidad? Quizás porque tenían esclavos y la mano de obra era relativamente barata, o sea, barata en relación con los demás factores, en especial el capital. La contratación de una persona debe encarecerse para que al patrono le compense sustituirla por tecnología. En una excursión por Francia, al economista Alex Tabarrok le sorprendió que en los restaurantes tomaran el pedido con sofisticadas tabletas, cuando en Estados Unidos empleaban una libretita roñosa, y lo atribuyó a lo mucho que cuesta un camarero en París.

La noción cristiana de que todos los hombres somos iguales ante Dios contribuyó a revaluarnos como factor de producción, pero no bastó para impulsar decisivamente la inversión en capital. Su precio debía caer aún más y ello exigió la aparición de la sociedad anónima. Seducidos por una rentabilidad que otras opciones no les brindaban, miles de particulares pusieron sus ahorros en manos de emprendedores y esta disponibilidad de fondos hizo posible el desarrollo de actividades intensivas en capital (plantas textiles, altos hornos, ferrocarril, telégrafo) que dispararon la productividad y el bienestar.

“En cuanto pasas una temporada en Silicon Valley”, escribe el fundador de Netflix Marc Randolph, “empiezas a oír unas siglas curiosas: OPM”. Por ejemplo: “Ya sé que estás muy seguro [de tu proyecto], pero por favor usa OPM”. Y también: “¿Sabes cuál es el principio fundamental para crear un negocio? OPM”.

OPM son las siglas de other people’s money, es decir, el dinero de los demás. A menudo se atribuye el éxito de Estados Unidos a un aspecto temperamental: no les asusta el fracaso. Si los tumban, se levantan; si les dan una bofetada, ponen la otra mejilla. A Elon Musk lo despidieron de Zip2 y PayPal y en SpaceX reventó varios cohetes antes de poner uno en órbita. ¿Se arredró por ello? En absoluto. ¿Está hecho de una pasta especial? Tampoco. Simplemente ha seguido el consejo de Randolph y ha gastado siempre el dinero ajeno. Perder, lo que se dice perder, ha perdido poco. De Zip2 se fue con 22 millones de dólares y de PayPal, con 180 millones. ¿Quién dijo miedo? Si Musk ha llegado (literalmente) a la estratosfera es porque ha aprendido a poner no la otra mejilla, sino la mejilla de otro. Ese es uno de los secretos de Silicon Valley y del progreso en general.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s