‘Fratelli Tutti’

La riqueza no es una realidad que haya estado siempre ahí fuera y de la que unos pocos oportunistas sin escrúpulos se han adueñado.

“Si alguien carece de lo suficiente para vivir con dignidad”, cita Francisco en su última encíclica, “se debe a que otro se lo está quedando”. La frase presupone que la riqueza total es fija y que, cuando uno medra, otro debe arruinarse, pero lo que hemos presenciado en los últimos siglos ha sido un progreso sostenido y general. En 1800, el 85% de la humanidad subsistía en condiciones de pobreza extrema y, en 2015, esa proporción se había reducido al 12%. Parece que todos prosperamos. ¿Cómo es posible?

Ninguna imagen simboliza mejor la opulencia que el tío Gilito zambulléndose en una piscina de dólares. Esos billetes no son, sin embargo, la auténtica riqueza. Son trozos de papel, un medio destinado a facilitar los intercambios. Antes de su invención, había que recurrir al trueque, lo que complicaba cualquier transacción. ¿Cómo hacía líquidas sus gallinas un granjero que deseaba un corte de pelo? Tenía que emprender engorrosas negociaciones con algún vecino y, al final, lo más probable es que acabara apañándose él las greñas. Este autoconsumo era poco operativo y limitaba la cantidad de artículos que podían confeccionarse en una comunidad.

El dinero agilizó el comercio y la división del trabajo y permitió que la sociedad en su conjunto produjera más con el mismo esfuerzo. Esta especialización y la constante mejora de los procesos han hecho que conseguir comida, ropa, techo y calor sea cada vez más barato. El Homo erectus necesitaba 58 horas para generar una hora de luz: era lo que le llevaba reunir la madera, secarla, apilarla y frotar luego pacientemente dos palitos (o chocar dos piedras) hasta que prendiera una llama. “Calificar de espectacular el aumento de eficiencia experimentado desde entonces es quedarse corto”, escribe el Nobel William Nordhaus. La lámpara de aceite rebajó el coste a 41 horas y la vela de cera a 5,3, pero el salto lo dimos a partir del XIX, cuando sucesivos descubrimientos (queroseno, bombilla, tubo fluorescente, led) lo dejaron en unos insignificantes 0,02 segundos.

Esta reducción ha ampliado el catálogo de bienes a los que podemos acceder y la auténtica riqueza son las cosas de las que uno disfruta, no una piscina llena de billetes. Como ya he comentado en este blog en otra ocasión, en términos de oro no ha habido nadie más acaudalado que Mansa Musa I, un emperador que gobernó Mali en el siglo XIV. Gracias a las legendarias minas de Wangara, amasó una fortuna equivalente a 400.000 millones de dólares: más del doble que Jeff Bezos (190.000 millones), más del triple que Bill Gates (120.000) y el cuádruple que Mark Zuckerberg (100.000). Sin embargo, Mansa Musa no podía pulsar un interruptor para encender la luz, ni tomarse una aspirina cuando le dolía la cabeza, ni saber lo que ocurría en la otra punta de África.

Ver de noche como si fuera de día, aliviar una jaqueca o consultar las noticias son acciones triviales que se encuentran hoy al alcance de la inmensa mayoría de las personas. No es una prosperidad que estuviera desde siempre ahí fuera, ya creada, para que la gozáramos todos y de la que unos pocos oportunistas sin escrúpulos se hayan adueñado. Yacía oculta en los objetos que nos rodean, en las plantas, en la tierra, y la han liberado emprendedores movidos por un legítimo ánimo de lucro. El avance ha sido asombroso. El hombre de Altamira obtenía los ocres de sus bisontes de la misma arcilla con la que ahora elaboramos chips que iluminan nuestras pantallas con miles de colores. Y Mansa Musa tardó dos años en realizar un peregrinaje a la Meca que un avión cubre en seis horas.

¿A quién ha expoliado Occidente para materializar estos prodigios? A nadie. Ha dispuesto un marco institucional que incentiva la productividad y la innovación, y cuyos pilares identifica acertadamente el papa en su encíclica (mercado, libertad de empresa, propiedad privada), aunque por desgracia para descalificarlos.

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