El verde de las hojas contra el azul del cielo

“Soy consciente”, dijo mi padre, “de la crisis de la profesión, del paro, de las enormes dificultades que afrontáis, pero en este instante y con los ojos cerrados me cambiaba por cualquiera de vosotros”.

A veces, a mitad de una pesada comida de trabajo, pretexto una urgencia en la revista y me escapo a pasear por el Retiro. No hay nada comparable a una tarde soleada de otoño en el parque: el oro de los plátanos, el tibio calor, el prodigio de los patos nadando. Asociamos la felicidad con algún subidón: el primer beso, la boda, cuando los Rolling Stone saltaron al escenario del Calderón en medio de aquel aguacero. Mi amigo Javier Serrano tiene un monólogo en el que explica que su momento culminante fue el gol de Iniesta. “El nacimiento de mi hija también estuvo bien”, admite, “pero no salí en calzoncillos al jardín de la urbanización y me eché cerveza por la cabeza”.

Pero incluso despojada de esos relámpagos, hay algo en la vida que hace que valga la pena. “Cuando contemplo el verde de las hojas contra el azul del cielo”, escribe el filósofo Todd May, “me siento agradecido y nostálgico”. Es un goce en el que apenas reparaba cuando pateaba con mis compañeros de facultad estas mismas avenidas de tierra del Retiro. Teníamos entonces el mundo vacío por delante. No había nada hecho. El amor, la literatura, la política, todo estaba por estrenar. En palabras de Pedro Salinas, “¡qué gran víspera!” Nuestros sueños aguardaban “como los perros fieles, trémulos”, a que les hiciéramos una breve señal para salir detrás de su brillante destino. En los veladores de hierro y mármol, inmunes al viento y el frío, discutíamos sin descanso, quitábamos y poníamos. Qué excitante, qué fácil se antojaba todo.

Nos equivocábamos con el diagnóstico, pero no con la actitud: ahí radica el secreto de la alegría. Pocos años antes de morir, mi padre recibió un homenaje en la Asociación de la Prensa. El acto coincidió con la entrega de becas a la última promoción de alumnos de ciencias de la información y, cuando mi padre subió al estrado a dar las gracias, dijo mirando a aquellos cachorros de periodista: “Soy consciente de la crisis de la profesión, del paro, de las enormes dificultades que afrontáis, pero en este instante y con los ojos cerrados me cambiaba por cualquiera de vosotros”.

¿Me cambiaría yo hoy por el adolescente que fui? Mentiría si dijera que no, pero la alta edad media encierra sus modestas satisfacciones. A los 20 años apenas disfrutas del verde de las hojas contra el azul del cielo. No lo necesitas. Demasiados misterios reclaman tu atención. Repartes dentelladas y tragas con avidez. Ahora, por el contrario, paladeas cada migaja.

Hay una escena de Tipos legales. Tras una larga condena, Val (Al Pacino) quiere dar un último golpe y recurre a su antiguo colega Hirsch (Alan Arkin) para que le ayude. Hirsch era el que conducía en los atracos, pero está en un asilo, enchufado a una botella de oxígeno, y al principio no sabe ni cómo se arranca un coche moderno. “¿Dónde está la llave de contacto?” Cuando lo descubre, sale haciendo derrapes y quemando goma.

“Hey, Val”, dirá luego, “es como en los viejos tiempos”.

“No”, responde Val, “es mejor”.

“¿Por qué?”

“Porque esta vez lo estamos apreciando”.

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