Trozos de código, bits de información

¿Y si fuéramos hologramas, la proyección tridimensional de las fórmulas matemáticas que alguien despliega en la pizarra de una remota galaxia?

A César González Ruano le angustiaba la pobreza y por eso admiró tanto a Gabriel Miró, aquel “escritor que, como un anacoreta, iba haciendo su obra solitaria de espaldas a todo aliento y sin otro estímulo que su propia conciencia”. En sus memorias cuenta una visita que le rindió en su modesto despacho, “casi de estudiante”, hacia 1930. “Miró me fue refiriendo, con un tono dolorido y resignado, su existencia. Era esta un rosario de renuncias, de fracasos, de días grises, de irle sacando alientos al desaliento”. Había tenido un pequeño empleo en un Ministerio, pero lo había perdido con gran quebranto para sus finanzas, porque “los libros”, le aclaró a Ruano, “dan tanto que no se les puede exigir que además den dinero”.

Aparte de Miró, esta idea de la literatura como sacerdocio laico la han compartido en la práctica muy pocos autores y Ruano no fue, desde luego, uno de ellos. No supo ni quiso nunca detener “la máquina de hacer calderilla” de sus artículos para consagrarse al arte verdadero. Pero, sobre todo, no soportaba el anonimato.

Últimamente, su leyenda negra de vividor cínico y canalla se ha visto dilatada por la publicación de La esvástica y el marqués, un ensayo en el que incluso se le acusa de denunciar a los judíos de la Francia ocupada para quedarse con sus pertenencias. No se ha encontrado nada que lo acredite: únicamente el testimonio de Eduardo Pons Prades, un historiador anarquista que en algún otro lado ha narrado “las siete horas en que fue abducido por un ovni en los Pirineos”. Puede, por tanto, muy bien tratarse de un infundio, pero ¿le importaría a Ruano?

“Yo no deseo”, dice Woody Allen, “alcanzar la inmortalidad por mi obra, sino por el procedimiento de no morirme. No quiero vivir en la memoria del público. Preferiría seguir en mi apartamento”. No le falta razón y, puesto ante el dilema, yo también escojo mi piso del barrio de Salamanca al recuerdo de la posteridad. Pero igual no hay alternativa (como, por desgracia, todo parece indicar). Stephen Hawking tituló una de sus conferencias “El universo como holograma”. Aunque era una metáfora para aclarar un concepto de física cuántica incomprensible, ¿y si fuéramos hologramas, una proyección tridimensional de las fórmulas que alguien despliega en la pizarra de una remota galaxia? No llegaríamos ni a polvo de estrellas: seríamos trozos de código, bits de información.

En ese caso, ¿qué elegiría usted? ¿El olvido o la mala fama?

En sus memorias, Ruano también describe una charla que impartió en el Ateneo de Madrid, en el marco de un homenaje a Cervantes. Era un jovencísimo poeta totalmente desconocido y, cuando le preguntaron: “¿No hará usted ninguna extravagancia?”, exclamó: “¡Por Dios!”, y les explicó que tenía pensado hablar de dadaísmo y ultraísmo. Su intención era muy otra. “Quería aprovechar aquella ocasión para hacer algo sonado”. Se decoloró la melena con agua oxigenada, se puso un chaleco amarillo y metálico de mujer, se subió a la tribuna y empezó: “Estoy harto de oír aquí a una serie de memos hablar del idioma de Cervantes. Ese Cervantes parece que era un manco, cosa que se confirma, porque el Quijote está escrito con los pies”.

No pudo decir más. Varios asistentes se abalanzaron para pegarle mientras otros, amigos, formaban una barrera para protegerlo. A la mañana siguiente todos los periódicos recogían el incidente. Eso buscaba Ruano: que lo citaran con nombre y apellido, aunque luego lo llamaran “perro judío”. Lo echaron del Ateneo, en su casa hubo consternación y asombro, pero lo que a él le inquietaba era cuánto tiempo más tendría que llevar el pelo teñido. “Menos mal”, escribe aliviado. Dos días después la prensa todavía le dedicaba algunos insultos: trozos de código, bits de información.

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