La armonización fiscal a la luz de las leyes de la estupidez

¿Se beneficiaría el conjunto del estado de que se le cercenara la autonomía tributaria a Madrid?

La prosperidad es un fenómeno complejo, pero la izquierda tiende a reducirlo a mera termodinámica: la riqueza no se crea ni se destruye, solo cambia de manos. Es una suposición intuitiva y plausible, pero falsa. Claro que se crea riqueza: por ejemplo, cuando se aprovecha la energía de un salto de agua para producir en un día tantos artículos como un artesano en un año. Y claro que se destruye: por ejemplo, cuando se confía la gestión a un incompetente. Carlo M. Cipolla desarrolla esta tesis en Las leyes fundamentales de la estupidez, un ensayo en el que explica que no hay nada más peligroso que un idiota. El malvado, razona, se limita a transferir activos del bolsillo ajeno al propio y no altera el volumen agregado, pero el estúpido ocasiona una pérdida sin sacar nada a cambio.

De acuerdo con esta dicotomía, Madrid encajaría en la definición de malvado. Su éxito se debe a las rentas que extrae gracias a la capitalidad y la estructura radial de las comunicaciones. Leerán esta acusación mucho en Twitter, pero los tiempos no cuadran. BBVA Research ha calculado el peso de cada autonomía en el PIB nacional desde 1955 y ese año Madrid aportaba el 14,8% y Cataluña, el 18,2%. O sea, Madrid era pobre aunque ya era la capital y el nodo de la red de infraestructuras. En 2019 se convirtió, sin embargo, en la primera economía regional, con el 19,3% del PIB frente al 19% de Cataluña. ¿A qué se debe el salto?

Una explicación muy de Twitter también es el dumping fiscal: Madrid seduce a los ricos con sus rebajas tributarias, y debo decir que la imputación no carece de base. Julio López Laborda y Fernando Rodrigo Sauco, dos investigadores de la Universidad de Zaragoza, revelan que el grado de imposición autonómica influye “significativamente” en la elección de residencia de los contribuyentes y que “la movilidad ocasionada por las diferencias en el IRPF parece dirigirse solo a la región de Madrid”.

Ahora bien, López Laborda y Rodrigo Sauco observan que todas las comunidades aplicaban las mismas tarifas en 2006 y, de acuerdo con BBVA Research, ese año Madrid ya suponía el 18,2% del PIB. De los 4,5 puntos que desde 1955 ha ganado, 3,4 (el 75%) son previos al supuesto dumping. ¿De dónde han salido?

La explicación más probable es un choque tecnológico. Cataluña y el País Vasco progresaron más en el siglo XIX porque reunían mejores condiciones para la instalación de plantas industriales (tenían puertos y/o minerales), pero ahora el valor lo aportan los servicios, no la producción física. El exponente más claro es el iPhone. Se ensambla en China, pero del precio final de cada aparato allí apenas se queda el 1,3%, mientras que Estados Unidos se embolsa el 43%. “Lo de menos es dónde tengas las fábricas”, decía el economista Pep Ruiz en Actualidad Económica. El dinero está en la ingeniería, el diseño, el marketing. “Lo fundamental es atraer a los profesionales con más talento, y Madrid lo ha hecho muy bien”.

Igual que ocurrió con el sureste asiático, que pudo explotar sus costes laborales cuando el transporte se abarató, Madrid está exprimiendo ahora a fondo las ventajas de la capitalidad y la red de transporte. Incluso se permite bajar impuestos, porque la mayor afluencia de contribuyentes compensa lo que deja de recaudar por la reducción de tarifas.

¿Y no existe el peligro de que esta política desate una carrera a la baja que vacíe de recursos la Hacienda? López Laborda y Rodrigo Sauco alertan de que “las decisiones tributarias tomadas por Gobiernos descoordinados pueden implicar la aplicación de tipos impositivos ineficientemente bajos”, pero en el caso del IRPF “esos problemas están amortiguados”, porque la limitación de competencias garantiza “una tributación mínima común […] y, en consecuencia, también un mínimo de redistribución nacional”.

En figuras como patrimonio o sucesiones la competencia sí podría llevar a una extinción, pero la primera apenas se mantiene en cuatro países en Europa y la recaudación de la segunda es modesta (entre el 0,1% y el 0,3% del PIB). Su desaparición obligaría a realizar algún ajuste presupuestario, pero queda margen. Madrid es una buena prueba. En sanidad es la comunidad que menos invierte por habitante y presenta a pesar de ello la segunda esperanza de vida más alta y tasas inferiores a la media en muertes imputables a una atención deficiente (apendicitis, efectos adversos de medicamentos, hernia). En educación, es igualmente colista en gasto, pero sus alumnos han obtenido en PISA notas sistemáticamente por encima del promedio nacional.

Esta eficiencia es una de las virtudes que incentiva la competencia fiscal y tendría sentido renunciar a ella a cambio de más justicia o más prosperidad, pero no parece el caso. Ahora, las autonomías cuyos ricos supuestamente roba Madrid se pueden defender mejorando su administración y bajando sus impuestos. Si, por el contrario, el Gobierno optara por que nadie los bajase, Madrid también dejaría de captar millonarios de fuera de España, y no se irían a Barcelona o Valencia, sino a Lisboa o Berlín. El resultado sería una caída del volumen agregado de riqueza.

No quiero señalar a nadie, pero es la clase de sugerencia que, según Cipolla, haría un estúpido.

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