Elogio del insulto

¿Es posible un mundo sin palabrotas?

Un grupo de investigadores de Jaén ha desarrollado una aplicación que almacena insultos para adiestrar “a los sistemas de aprendizaje automático” en “la detección de lenguaje ofensivo”. Me sorprende que algo tan esencial se haya dejado para tan tarde. Un misionero me contó hace años que lo primero que les enseñaban antes de enviarlos a algún país remoto eran las palabrotas. “De lo contrario, la gente te dice todo tipo de lisuras mientras tú estás ahí sonriendo como un idiota y te pierden el respeto”.

El insulto busca justamente eso: degradarte. Todos los animales sociales disponen de algún procedimiento para preservar la jerarquía: los chimpancés se lanzan bocados y las gallinas, picotazos, y es sin duda un triunfo de la civilización que los humanos nos limitemos a poner a cada cual en su sitio soltándole cuatro verdades.

¿Podríamos dar un paso más y lograr que la sociedad funcionara sin insultarnos? Depende de qué entendamos por insultarnos. Si hablamos de obscenidades, está claro que sí. A mi suegra jamás se le escapó una, lo que no impedía que notaras en tu piel el frío acero de su ingenio cuando lo consideraba oportuno. Tampoco le hizo falta gritar nunca: cuanto más bajaba la voz, más miedo daba. El terror absoluto era que te mirara en silencio.

Mi padre era, por el contrario, bastante malhablado y mi madre se lo reprochaba a menudo, pero ¿es posible un mundo sin palabrotas? Pancracio Celdrán cuenta en El gran libro de los insultos que una multinacional distribuyó una vez entre sus fogosos empleados argentinos una disposición en la que prohibía el uso de voces como “carajo, la puta madre, me da por el quinto forro” o de expresiones como “la cagó, qué cagada, la está cagando”, y del “verbo cagar en cualquier caso”. “La ausencia de determinación”, seguía la dirección, “no será descrita como falta de huevos, cagón de mierda, pelotudo [o] boludo. Ni serán recibidas las ideas ajenas como pajas mentales, pendejadas, cómo hincha las pelotas, qué ladilla de mierda, cagó fuego, nos rompieron el orto, andate a la concha de tu hermana, qué carajo querés”.

Celdrán no aclara si la multinacional tuvo éxito, pero no hace falta, porque añade a renglón seguido: “Los recursos al alcance del insultador… ¡son tantos!” Basta con dar la entonación adecuada a cualquier elogio: qué listo eres; échate a un lado, guapo; tienes los modales de un marqués.

Al final, de lo que se trata es de molestar y, si nos quitan las palabrotas, acudimos a las palabritas. Entiendo el propósito bienintencionado de quienes pretenden erradicar toda congoja de la faz de la tierra, pero forma parte de nuestra dotación como especie acoger con desagrado los comentarios que cuestionan nuestro estatus o nuestras creencias. Si no sintiéramos nada y los aceptáramos de buen grado, la sociedad se desorganizaría a cada paso o estaríamos cambiando constantemente de creencias y estas no son, como enseña Ortega, “ideas que tenemos, sino ideas que somos”: un repertorio de soluciones vitales que conforman el suelo mismo que pisamos y sin las cuales sentimos que nos hundimos en un mar de dudas. Por eso nos aferramos a ellas como a salvavidas.

Por desgracia, el progreso requiere que las renovemos periódicamente. Ya no lo hacemos a golpes, sino mediante un debate. Así y todo, nos cuesta. Sufrimos ofensas y las infligimos, pero es inevitable y, si los sistemas de aprendizaje automático pretenden emularnos algún día, conviene que empiecen cuanto antes a insultarse.

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