Isabel en el parque

Todo es un ir retornando a la niñez, a la sencillez, a ser lo menos posible.

En cuanto entramos en el parque, Isabel rebulle impaciente en el carrito, ríe, tensa su cuerpecito en un esfuerzo inútil por liberarse del arnés y parlotea incoherencias, pero bien entonadas. Un extranjero que no hablase nada de español podría pensar que dice algo, aunque no conoce más palabra que hola. La dice agitando la manita y sonriendo con coquetería, y la reacción de los adultos es de invariable entusiasmo: “¡Por Dios, qué rica!” Los niños no son tan complacientes. En una caseta de la zona de columpios, unos cuantos han estado amontonando hojas muertas sobre una mesa y debaten ahora los pros y los contras de comérselas. “Es como una ensalada”, argumenta uno, no sin fundamento. Isabel dibuja su mejor sonrisa, agita la manita y pronuncia seductora su hola: el pack completo. “Tú no puedes”, le contesta el niño insobornable. “Esto no es de bebés, es de mayores. Mira”, dice irguiéndose para que conste cómo le saca casi una cabeza.

Isabel queda desolada, pero no tarda en detectar otra prometedora actividad: dos niños lanzándose una goma del pelo. La enganchan en el índice, la estiran y la sueltan. Sus padres les han dicho: “Id a jugar por ahí mientras tomamos una cerveza”, y se han puesto como a cuatro metros uno de otro. Primero tira la goma uno, luego la tira otro, ordenada y resignadamente, como dos tenistas profesionales. Rara vez cubre la goma más de dos metros. Es un juego aburridísimo, sin la menor emoción, pero los padres se consideran obligados a advertirles entre patata y patata: “Tened cuidado, no os vayáis a hacer daño”. Los críos los miran con un punto de desprecio, como pensando: ojalá, y siguen con sus turnos implacables. Isabel es posiblemente el único habitante del planeta que contempla fascinada aquel intercambio, como si fuera un arriesgadísimo número de circo. Dice hola y uno de los niños interrumpe el juego, se acerca, le acaricia brevemente la cabeza como un político y vuelve a ocupar su lugar a los cuatro reglamentarios metros de distancia. Isabel aguanta un rato más, pero no busca caricias condescendientes, sino integrarse, y se aleja atraída por otro fragor: el espectáculo de títeres.

Embutida en un angosto teatrillo rojo, una voz inconfundiblemente argentina relata las desventuras de Rigoberto, a cuya hermosa novia ha convertido en burro un malvado hechicero. A Isabel no le pueden importar menos Rigoberto, la novia, el malvado hechicero. Se sienta, de hecho, de espaldas al escenario, dispuesta a relacionarse, a ofrecer y recibir afecto y, de nuevo, no logra más que importunar. Un crío que sí sigue con interés las andanzas de Rigoberto le tira una patada y, antes de que el incidente se escale, cojo a Isabel, me la llevo en volandas y la suelto en medio de la nada. Su radar infalible no tarda en localizar otro grupo de niños y allá que se va con su torpe anadeo, agitando la manita y repitiendo: “¡Hola! ¡Hola! ¡Hola!”

Mi suegra decía que no hay mejor juguete para un niño que otro niño, pero la reflexión rige igualmente para los adultos. Nos pasamos la existencia persiguiendo el reconocimiento ajeno y creemos que el mejor camino es el éxito profesional, la fama, la riqueza. Acumulamos dinero, medallas, cosas, pero lo que en el fondo ansiamos es esa conexión básica que desde la primera infancia intentamos establecer en la zona de columpios. Damos un enorme rodeo para descubrir que, al final, como escribe Umbral, “todo es un ir retornando a la niñez, a la sencillez”, a ser “lo menos posible”. El tiempo nos va desnudando hasta reducirnos a lo esencial: Isabel en el parque.

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