¿Habría que cobrar por las vacunas?

“El Estado”, dijo Stahr, “no decide quién se queda el primer iPhone y no hay nada mejor ni más universalmente repartido que los móviles”.

“¿Has visto esta foto?”, dijo Monroe Stahr pasándome un ejemplar del Globe. Se veía a una enfermera inyectando el brazo a una ancianita. “Es la primera vacunada del Reino Unido”, me explicó. “Se llama Margaret, tiene 90 años y parece una señora muy agradable, pero ¿cuál es la probabilidad de que transmita el virus a nadie?”

“Muy pequeña”, admití.

“Nula”, rectificó Stahr, y arrojó el diario sobre el velador. “Entiendo que, dada la virulencia del coronavirus entre los mayores, la prioridad ahora sea protegerlos, pero una vez puestos a salvo, ¿cuál es la estrategia? Por lo visto, vamos a seguir bajando por la pirámide de población. ¿No deberíamos olvidarnos de la edad e ir directamente a los potenciales contagiadores”?

“Sería estupendo”, le dije, “pero, ¿quiénes son? ¿Dónde están?”

“Ni idea”, contestó Stahr. “Y del mismo modo que ni tú ni yo lo sabemos, tampoco creo que lo sepa ningún comité de expertos del Ministerio de Sanidad. Por eso es mejor dejar que cada cual decida en función de su exposición a la enfermedad”.

“Hombre, Stahr”, repuse, “todos nos consideramos expuestos, se formarían colas multitudinarias delante de los ambulatorios”.

“No”, me dijo, “si se obligase a pagar por la vacuna, como ha propuesto John Cochrane”.

En ese instante recibió el inesperado apoyo de Jack, un jubilado que en tiempos dio clases de contabilidad y que empezaba a entrever por dónde iba Stahr.

“El mercado”, dijo Jack, “es el mejor asignador de recursos. Quienes alegan que no debe confiársele algo tan vital como un tratamiento médico, olvidan que lo hacemos con los alimentos desde hace siglos, y con bastante éxito. Las hambrunas más feroces han tenido lugar en economías de planificación central”.

“¿Y qué sugerís?”, pregunté. “¿Distribuir las vacunas en las farmacias? ¿Y a qué precio?”

“Las farmacias no me parecen mala solución”, respondió Stahr, “y el precio sería libre, naturalmente. El Estado no decide lo que cobran Apple, Samsung o Huawei por sus móviles, y no hay nada mejor ni más universalmente repartido. Por el contrario, allí donde los políticos intervienen para garantizar el suministro, como pasa con la luz, los apagones persisten”.

“Si los laboratorios”, terció Jack, “cargaran lo que quisieran a los adoptadores tempranos, como hacen las tecnológicas con los smartphones, se incentivaría la producción no ya de vacunas, sino de neveras, cuya escasez se ha convertido en un cuello de botella que podría echar a perder muchas”.

“Pero los ricos tendrían ventaja”, objeté.

“¡Los ricos siempre tienen ventaja!”, desechó Stahr con un amplio gesto de la mano. “De lo que se trata es de recuperar la normalidad lo más deprisa posible y, si ofreces las vacunas al mejor postor, pujarán por ellas los negocios y los profesionales que más se beneficien y, por definición, eso impulsará la actividad y la contratación”.

“Quienes teletrabajan pueden esperar”, dijo Jack, “pero quienes carecen de esa opción, porque se dedican a la restauración o al ocio, deberían poder comprar ya la vacuna. Y al resto de la sociedad nos convendría que se la pusieran cuanto antes y no siguieran por ahí diseminando aerosoles”.

“De acuerdo”, dije, “el mercado asigna mejor que el Estado, pero ¿qué pasa con los que no tienen dinero? ¿No es inmoral sacrificar el mérito a la eficiencia?”

“Si como sociedad”, dijo Stahr, “creemos que debe subsidiarse la inmunización de determinados grupos, y yo estoy de acuerdo, nada impide al Estado adquirir las dosis precisas, pero sin interferir en el sistema de precios. En cuanto al mérito, es un concepto debatible y lleno de resquicios por los que se cuela mucho sinvergüenza. Las viviendas sociales o las ayudas a menudo acaban no en manos de quien más las necesita, sino de quien mejor se mueve por la Administración. Además, en el caso de la vacuna, moral y eficiencia se solapan: es difícil argumentar que lo más rápido no sea también lo mejor”.

“Ante una amenaza exponencial”, coincidió Jack, “cada segundo ganado salva vidas”. Y concluyó: “No es tan disparatado como suena lo que Stahr dice…”

2 comentarios en “¿Habría que cobrar por las vacunas?

  1. Yo, también creo que se debería pagar algo, aunque sea un precio simbólico… Todo lo que sea gratis, se percibe como que no vale nada, además de que si es negocio se maximiza la distribución…

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