La mentira como signo de autenticidad

El respeto de los nuevos líderes por la verdad es todavía menor que el de los políticos tradicionales, y tiene su explicación.

Los políticos han mentido toda la vida, aunque solían concentrar el grueso de su producción durante las campañas. El caso más emblemático es el “Lean mis labios: no habrá nuevos impuestos” que George Bush padre pronunció en la convención republicana de 1988 e ignoró apenas dos años después, pero de estas promesas rápidamente olvidadas tenemos abundantes muestras en España. José María Aznar pasó de mecerse al arrullo del “¡Pujol, enano, habla castellano!” en el balcón de Génova al Pacto del Majestic, por no mencionar el ya clásico “Con Bildu, se lo repito, no vamos a pactar” de Pedro Sánchez.

Estas argucias no están bien vistas. Se consideran pecados, aunque veniales. De hecho, el coste para el autor es a menudo asumible. Bush perdió las siguientes elecciones, pero Aznar obtuvo mayoría absoluta y los sondeos no prevén el fin inmediato de Sánchez. La normalización de la mentira socava, sin embargo, la fe en la democracia y consolida en la opinión pública la imagen de los gobernantes como cínicos que únicamente velan por sus intereses. Aceptamos sus manejos resignadamente mientras las cosas van bien, pero ¿qué ocurre cuando se tuercen y cunde entre millones de personas la sensación de que se han olvidado de ellas?

La Gran Recesión provocó una de estas crisis de legitimidad. Muchos se arrojaron desencantados en brazos de formaciones de nuevo cuño, pero lo llamativo es que sus líderes son todavía más embusteros que los políticos tradicionales. Ahora mienten todo el rato. Donald Trump ha llegado a sugerir que una inyección de lejía podía acabar con el coronavirus. Y Boris Johnson aseguró que no habría aranceles ni controles cuando el Reino Unido dejara la Unión Europea. Son falsedades tan flagrantes que los sondeos revelan que no se las creen ni sus votantes. ¿Por qué siguen apoyándolos?

Tras la muerte de Maradona, Juan Carlos Monedero dedicó un comentario al gol que el astro argentino le marcó a Inglaterra en el Mundial de 1986. “¿Que fue con la mano?”, se pregunta en un momento dado. “¿Y con qué coño ganaron la guerra de las Malvinas los ingleses?” Maradona había anotado ese día otro tanto perfectamente legal después de sortear a medio equipo rival, pero el que para Monedero supuso “un puñetazo al imperialismo” fue el que metió con la mano, porque no solo derrotó a Inglaterra, sino que se rio además de sus reglas.

Cuando tu propuesta política se basa en tu condición de intruso, en que procedes de los márgenes del sistema y has venido a desenmascarar a las élites, el mejor modo de acreditar tu pedigrí es desafiar las pautas por las que esas élites dicen regirse. Una de ellas es el respeto por la verdad. La mentira se convierte así paradójicamente en un signo de autenticidad. Cuantas más barbaridades sueltas, más te identifican como uno de los suyos. “A medida que te alejas de las normas que el establishment usa para determinar lo que resulta o no aceptable”, escriben los politólogos Oliver Hahl, Minjae Kim y Ezra W. Zuckerman Sivan, “más creíble resulta tu pretensión de representar a los que ven esas normas como un instrumento de coerción”.

Quienes votan a Trump (o a Johnson o a Monedero) no son idiotas. Como apunta Salena Zito en The Atlantic, no se toman lo que dice al pie de la letra, pero sí en serio. Nosotros, por el contrario, nos lo tomamos al pie de la letra, pero no en serio, y ya se ve que es un grave error.

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