Iglesias descubre la democracia (y no le gusta)

La limitación del poder de los gobernantes constituye uno de los grandes logros de la civilización.

Pablo Iglesias se ha dado cuenta de que “estar en el Gobierno no es estar en el poder”, porque ningún rico “está dispuesto a aceptar fácilmente una decisión, por muy democrática que sea. Esa presión, incluso, nos habla de una democracia limitada”.

No le falta razón. En España el poder no está concentrado en unas solas manos. Empresarios y banqueros a los que nadie ha votado maniobran para salvaguardar sus intereses particulares y boicotear las altruistas disposiciones de representantes elegidos por sufragio. ¿No es una obscenidad que los accionistas de las eléctricas se repartan miles de millones en dividendos mientras el 9% de la población sufre pobreza energética? ¿Por qué no suprimir por ley los beneficios?

Es una opción, pero ¿quién generaría entonces la luz? ¿Compañías públicas? ¿Y cómo se financiarían? ¿Con impuestos? ¿Qué ricos querrían invertir en un país que ignora sus intereses, por particulares que sean?

El tira y afloja entre gobernantes y empresarios es algo reciente. Durante siglos, reyes y emperadores disponían sobre cualquier materia sin apenas restricciones. Daron Acemoglu y James Robinson cuentan en Por qué fracasan los países que, cuando en 1589 el sacerdote William Lee presentó a Isabel I una máquina de tejer, esta se negó a otorgarle una patente. “Apuntáis alto, maestro Lee”, le dijo. “Considerad qué podría hacer este descubrimiento a mis pobres súbditos. Sería su ruina. Los privaría de empleo y los convertiría en mendigos”.

Aunque la animaban los más elevados sentimientos (como a Iglesias, supongo), la reina no podía estar más equivocada. “El temor a la destrucción creativa”, escriben Acemoglu y Robinson, “es la razón principal por la que no hubo un aumento sostenido del nivel de vida entre la Revolución neolítica y la industrial”. Hubo que arrebatar a la corona sus prerrogativas económicas para que la burguesía pudiera alumbrar “fuerzas productivas más variadas y colosales que todas las generaciones pasadas tomadas en conjunto”, como el propio Marx reconoce en el Manifiesto Comunista.

Sin duda, no pueden ponerse al mismo nivel la decisión de un monarca absoluto y la de un gobernante elegido, pero los votos tampoco lo legitiman todo. La democracia no se agota en las urnas. Debe ir precedida de un debate en el que todos participen en pie de igualdad. Ello obliga a garantizar una serie de derechos civiles (no discriminación, integridad física, libertad ideológica y religiosa, seguridad personal y jurídica) y políticos (sufragio, expresión, reunión y asociación), y el respeto de esta esfera sagrada en torno a cada individuo supone una barrera para el principio democrático, que demanda ejecutar el mandato de la mayoría.

¿Cómo se resuelve esta tensión? Hay tantas fórmulas como democracias, pero en ninguna resulta aceptable la imposición pura y dura de la mayoría. John Stuart Mill ya denunció que “la voluntad del pueblo significa en la práctica la voluntad de la parte más numerosa o más activa del pueblo”, que puede perfectamente “desear oprimir a otra parte de sí mismo”. Y el hecho de que esa opresión esté respaldada por unos comicios no la hace menos despótica. Como recuerdan Alexander Hamilton, James Madison y John Jay en El Federalista, “la acumulación de todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, en las mismas manos, sean de uno, de pocos o de muchos, y sea hereditaria, autonombrada o electiva, puede proclamarse justamente como la verdadera definición de tiranía”.

Sí, es verdad, señor Iglesias, el Gobierno no tiene todo el poder en España y la democracia es limitada, pero esa es justamente su principal virtud, porque nos pone al resguardo de salvapatrias, iluminados y caudillos omniscientes.

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