A ver si estamos a lo que hay que estar

Invocar la decencia es un recurso muy socorrido y, desde el punto de vista dialéctico, inatacable, porque todos tenemos la idea de que así, en abstracto, la decencia es buena. El problema es bajar luego a los detalles.

Anda el patio alborotado porque muchos políticos se han vacunado antes de lo que les correspondería de acuerdo con la estrategia establecida por el Ministerio de Sanidad, y uno no puede por menos de pensar en la escena de Casablanca en la que el capitán Renault le cierra el café a Rick: “Estoy escandalizado, acabo de enterarme de que en este local se juega”. Pues eso: “Estoy escandalizado, acabo de enterarme de que los políticos de cuelan”. ¿Qué esperaban?

“La solución sería que todo el mundo fuese decente”, me dijo alguien la otra tarde, “pero como eso ya se ve que es imposible, habría que dar un escarmiento”. Y añadió: “A mí me parece muy bien lo que propone Ximo Puig de que no se les administre la segunda dosis a los tramposos”.

Es una alternativa, pero la prioridad ahora es alcanzar la inmunidad de rebaño lo antes posible. Las noticias que llegan de Israel, que es donde más deprisa van, son muy alentadoras: de las 128.000 personas que el lunes habían recibido las dos tomas solo se habían contagiado 20, ninguna de las cuales presentaba además síntomas severos.

Por otra parte, ¿qué es exactamente “ser decente”? A lo largo de mi carrera he escrito decenas de editoriales y sé que nunca faltan argumentos para justificar cualquier posición. Los esgrimidos por algunos alcaldes pillados son bastante impresentables (“No sabía que no se pudiera”, “Tenía que dar ejemplo”, “Yo no quería, me obligaron”), pero también escuché al epidemiólogo José Tuells decir en Onda Cero que habían surgido imprevistos con las residencias de ancianos de algunas comunidades. “Había brotes [de covid] que no aconsejaban vacunar” y, ante la perspectiva de “quedarse rezagados en las estadísticas”, se optó por seguir la campaña en los hospitales y, cuando se les terminaron los sanitarios de primera línea, procedieron con los de segunda, los de retaguardia, los administrativos… No digo que sea la solución ideal, pero ¿era mejor ralentizar el ritmo de inmunización o incluso dejar que se echaran a perder dosis?

Invocar la decencia es un recurso muy socorrido y, desde el punto de vista dialéctico, inatacable, porque todos tenemos la idea de que así, en abstracto, la decencia es buena. El problema es bajar luego a los detalles. Jesús Fernández Villaverde contaba una historia muy reveladora de cuando los departamentos de Economía y Ciencia Política de la Universidad de Pennsylvania, de la que él es catedrático, se mudaron de edificio.

“Había que repartir los despachos”, me decía, “y, claro, no es lo mismo uno que tiene sol por la mañana que otro que recibe unos pálidos rayitos a la caída de la tarde. ¿Qué hicimos en Economía? Consultamos a un especialista en mercados no monetarios y nos sugirió el siguiente método: se sortean las oficinas y a continuación se abre una negociación: yo te doy tantos dólares y, a cambio, tú me cedes tu sitio… Seguimos su consejo, celebramos la lotería, realizamos las transacciones y, al cabo de poco tiempo, el mercado se había vaciado y todos tan contentos: a mí me da igual el espacio, todos mis libros son electrónicos, prefiero tener luz natural a primera hora, pero otros querían metros y los tuvieron… Los de Ciencia Política dijeron: esas no son maneras, la distribución debe realizarse atendiendo a criterios de justicia. Elaboraron una escala de méritos: por cada año de catedrático, un punto; por cada año de jefe de departamento, otro punto; por cada curso introductorio impartido, medio punto… El que reunía una puntuación alta estaba encantado, pero el resto empezó a protestar: hombre, dar un curso introductorio es muy difícil, ¿por qué vale la mitad? Y no se han tenido en cuenta las tesis dirigidas… La cosa se envenenó y, tras cuatro meses de discusiones y de cruzarse 5.000 correos, los politólogos se odiaban tanto que el decanato creó una comisión para zanjar la disputa”.

A ver si no nos dispersamos como ellos y estamos a lo que hay que estar.

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