La falacia del coste hundido

Las cosas se compraban antes para toda la vida, y no lo discuto, pero eso no es en sí mismo una virtud.

Hace como un mes, la caldera dejó de calentar. Se le iluminó un led rojo y en la pantalla de cristal líquido apareció ominoso el número 21. Llamamos a mantenimiento y el operario que vino comentó nada más verla: “Tiene al menos 12 años. ¡Ya no se hacen máquinas como esta!” Tras hurgarle las tripas un rato, le diagnosticó un problema con unas gomas. Dicho así parece poca cosa: unas gomas, pero deben de hacerlas a mano los sacerdotes de un santuario sintoísta de Okinawa, porque salían por 300 euros.

“¿Compensa?”, le preguntó mi mujer.

“Señora”, le respondió con el tono condescendiente que inevitablemente adoptan los privilegiados que llevan un mono azul, ya sean caldereros, mecánicos o chapistas, “la alternativa es una máquina nueva. Y como esta, “añadió limpiándose las manos en un oscuro trapo, “ya no se hacen”.

Esa idea de que todo era mejor antes circula mucho por las redes. El otro día me llegó por WhatsApp un artículo de Eduardo Galeano en el que se proclama oriundo “de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida”, y no lo discuto, pero eso no es en sí mismo una virtud. En el neolítico también se tenían que pasar las hachas de sílex de generación en generación hasta que aparecieron las de hierro, aunque estoy seguro de que no faltaría quien comentase: “Ya no se hacen hachas como las de antes”.

“La gente”, prosigue Galeano, “heredaba relojes de pared, bicicletas, cámaras fotográficas, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas”. Habría que ver qué tal daban la hora esos relojes y qué mantenimiento requerían. Mi memoria de las bicicletas de la infancia es que pesaban un quintal, no tenían cambios y pinchaban continuamente. Las fotos que hace cualquier móvil son más nítidas que las que tenemos guardadas en cajas de zapatos porque están llenas de tipos irreconocibles. ¿Y qué es una palangana?

“Hay que cambiar de auto cada tres años porque si no, eres un arruinado”, escribe Galeano. Ahí reconozco que soy igual de conservador. Los coches me vienen durando ocho o nueve años, pero mi experiencia de usuario, como se dice ahora, no ha empeorado. Al contrario. Recuerdo que poner uno en marcha en el invierno madrileño era un desafío. Había que tirar de un dispositivo llamado estárter, pero en una proporción muy precisa (y misteriosa) porque, si te pasabas, el motor se ahogaba y, si te quedabas corto, la batería se agotaba. ¡Cuántas mañanas debí recurrir al auxilio de algún amable transeúnte para que empujara mi viejo Panda! A mi actual Toyota (que, por cierto, no sé ni por que ITV va) le ha caído encima el mayor temporal desde que hay registros. Quedó sepultado una semana bajo medio metro de nieve. Cuando finalmente accedí a su interior, apreté el botón de ignición y ronroneó suavemente, como el Volkswagen de El Dormilón.

“Nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos”, concluye en fin Galeano, y ese fue el dilema que nos planteó el operario de la caldera: pagar 300 euros por las gomas sintoístas o mandarla a la incineradora. ¿Qué hacer?

No se confundan. Se ha roto una caldera, no se ha puesto enfermo el abuelo. Ese afecto que Galeano dice experimentar hacia “nuestros objetos” se llama falacia del coste hundido. No nos gusta renunciar a algo en lo que hemos invertido dinero. Por eso el Concorde continuó funcionando con enormes pérdidas. Sus promotores razonaban: “Con lo que llevamos metido en el proyecto, no vamos a cancelarlo sin más”. Por eso también nos comemos todo lo que nos hemos servido en el bufé libre, aunque no nos apetezca. O vamos al partido de fútbol en medio de una ventisca. O no nos salimos de una película que es un petardo. La lógica es siempre la misma: es que ya está pagado.

También la caldera estaba pagada, había pasado una revisión hacía no tanto y, después de todo, no se hacen máquinas como estas. Así que la reparamos.

Ha durado un mes. Este lunes vinieron a ponernos la nueva.

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