Cada vez más idiotas y más prósperos

Comprenderlo todo fue probablemente el privilegio de un momento evolutivo anterior.

Internet ha cambiado el modo en que asimilamos conocimientos. “Sumergirme en un libro o un artículo largo me resultaba fácil”, cuenta Nicholas Carr en The Atlantic. “Mi mente se dejaba arrastrar por la narración o los giros de la argumentación”. Ya no. “Mi concentración se disipa […]. Me inquieto, pierdo el hilo, empiezo a buscar otras cosas que hacer”.

No le ocurre solo a él. Otros colegas que cita en el artículo experimentan su misma pérdida de foco. Esta evidencia anecdótica se ha visto además corroborada por un estudio del University College de Londres sobre los hábitos de búsqueda de información, que concluye que sus alumnos apenas analizan dos o tres páginas antes de saltar al siguiente texto. “Es evidente”, dicen los autores, “que los usuarios no leen en el sentido tradicional del verbo”, sino que navegan por “los títulos, las páginas y los resúmenes para hacerse con una rápida idea”.

Esta superficialidad es probablemente consecuencia de que las nuevas tecnologías han fulminado los costes de transacción. Conseguir una revista exigía antes un esfuerzo físico y económico muy superior. Había que bajar al quiosco, pagarla y subirla a casa y, con tal de ahorrarnos el trajín, nos la leíamos de cabo a rabo. Ahora tienes millones de reportajes gratis en internet y, para saltar de uno a otro, basta con que seas capaz de mover un dedo. Lo mismo pasa con los libros. En cuanto uno se pone muy pesado, clicas en la esquina del Kindle, lo cierras y abres otro. Es difícil perseverar, ensimismarse en nada. “¿Nos está volviendo Google estúpidos?”, se pregunta Carr.

Es una observación arriesgada. Para empezar, ¿en qué consiste la inteligencia? Varía con cada cultura, con cada etapa histórica. A pesar de lo listos y leídos que somos, la mayoría de nosotros pasaría por retrasado en la corte de Carlomagno. Del mismo modo, un caballero medieval tampoco haría hoy un papel muy lucido: la habilidad más apreciada en el siglo XXI no es la esgrima, sino (como todo el mundo sabe) el lanzamiento de golpes francos desde el borde del área.

Enterarse bien de las cosas tampoco se lleva ya en el mundo de los negocios. Estuvo de moda hace décadas, cuando Seis Sigma dominaba General Electric y General Electric dominaba el S&P 500. La filosofía toma su nombre de la estadística, donde sigma es la desviación típica respecto de un valor central. En todo proceso industrial, mantener la dispersión dentro de los seis sigma supone que casi no hay errores: unos 3,4 por cada millón de pasos (el 0,0004%). “Cuando me subo a un avión”, cuenta en Quartz at Work un consultor de PwC, “me alegra mucho saber que se ha ensamblado de acuerdo con los principios de Seis Sigma”.

Esa obsesión por la calidad va, sin embargo, aparejada a rígidos protocolos, que desalientan la creatividad y la improvisación, y en la era de las startups la ventaja viene de la mano de la innovación. Ya no importa tanto esmerarse en que todo salga perfecto. En cuanto tienes un producto mínimo viable, lo lanzas, ves cómo reacciona el mercado y rectificas sobre la marcha. No hay tiempo para profundizar.

Comprenderlo todo fue el privilegio de un momento evolutivo anterior. La realidad se ha vuelto inabarcable y solo podemos afrontarla troceándola en parcelas, repartiéndonoslas y descargando en las máquinas las tareas rutinarias y menos creativas, como archivar y recuperar datos de la memoria. ¿Somos más idiotas por ello? Quizás sea prematuro sacar conclusiones. Hace unos cuantos siglos, Platón señalaba por boca de Sócrates que la escritura iba a hacer a la gente más ignorante, porque le permitía guardar la sabiduría en un papiro, en lugar de llevarla en la cabeza.

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