Yoga mediterráneo

“No son las cosas las que nos atormentan”, dice Epicteto, “sino las opiniones que nos formamos sobre ellas”.

A menudo olvidamos que la función principal del cerebro no es hacernos felices. Es un órgano diseñado por la evolución para mantenernos con vida y ello lo obliga a chasquear de cuando en cuando el látigo del dolor o el miedo. De lo contrario, no retiraríamos la mano del fuego ni huiríamos en presencia de un depredador.

La irrupción de la autoconciencia llevó este mecanismo un peldaño más allá. Los animales se ocupan de las amenazas mientras las tienen delante. Los humanos hemos aprendido a hacerlo con antelación, a pre-ocuparnos. Eso nos ha conferido la ventaja de la planificación, pero puede igualmente convertirse en una tortura autoinfligida.

Epicteto alerta de ese peligro en las primeras páginas de su Manual. “No son las cosas las que nos atormentan, sino las opiniones que nos formamos sobre ellas”. Piense en uno de esos pisotones que recibimos en el metro o el autobús. Si el responsable se deshace en disculpas, olvidamos el incidente tan pronto como el dolor remite. Si por el contrario lo vemos sonreírse, la indignación quizás nos dure todo el día. El daño objetivo es el mismo, pero la opinión que nos formamos sobre él amplía o reduce el sufrimiento. Las adversidades suelen presentar esta doble faz y por eso Epicteto aconseja repetirse ante ellas: “No eres en absoluto lo que pareces ser”.

La pandemia actual tiene también doble faz. Hay una pandemia que tiene lugar en los hospitales y las UCI y otra que se libra en nuestras mentes. La primera es la tragedia real, pero afecta a una parte relativamente modesta de la población. La segunda es imaginaria, pero nos angustia a todos. ¿Cómo combatirla?

La psicóloga Lisa Feldman Barrett sugiere que el cerebro es como un contable. Le han confiado nuestro presupuesto y debe mantenerlo en equilibrio. Vigila nuestro saldo de agua, sal, glucosa y, en cuanto entramos en descubierto, nos exige un depósito de agua, de comida, de descanso.

Esta analogía explica bien las funciones corporales. Después de coronar un puerto en bicicleta, el organismo experimenta hambre y le damos un bocadillo de chorizo. Pero ¿cómo se acalla el miedo? ¿Qué bocadillo hay que darle? La respuesta es que, la mayoría de las veces, el mismo. Cuando un pensamiento desagradable lo asalte, dice Feldman, pregúntese por su estado físico: “¿Dormí suficiente anoche? ¿Estoy deshidratado? ¿Debería salir a caminar? ¿Llamar a un amigo? Porque me vendría bien realizar un depósito o dos”. Si se fija, es lo que la gente hace: cancela el descubierto de la ansiedad mediante ingresos de cerveza con patatas fritas, quedando en alguna terraza, celebrando Zoom familiares.

A lo largo de este último año nos hemos preguntado cuándo acabará esta locura y es hora de confesar que nadie lo sabe. No está en nuestras manos. Lo que sí depende de nosotros es el miedo a la enfermedad y, cuando sienta que empieza a dominarlo, corte una rebanada de pan fresco, rocíela con aceite, restriéguele medio tomate y disponga sobre ella unas lascas de jamón oscuro y rezumante de grasa. Luego, busque un rincón al sol, descorche una botella de vino y, mientras el potasio y los polifenoles se abren paso por el torrente sanguíneo, mire al miedo cara a cara y dígale: no eres en absoluto lo que pareces, no eres la enfermedad, solo un aviso de nuestro siempre servicial cerebro.

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