El verdadero Parlamento

Para acabar con el capitalismo opresor no importa tanto cambiar las relaciones de producción como el presentador del telediario.

El lenguaje no describe la realidad: en parte la construye. Los periodistas lo sabemos y por eso nos lo tomamos con humor. A prácticamente cualquier argumento se le da la vuelta con relativa facilidad. Los políticos también lo saben y por eso se lo toman tan en serio.

Marx situó la acción revolucionaria en la esfera económica, pero el populismo de izquierdas la ha trasladado al terreno del discurso. Para acabar con el capitalismo opresor no importa tanto cambiar las relaciones de producción como el presentador del telediario. Lo explica Íñigo Errejón. El Estado no es un castillo aislado, sino “una fortaleza rodeada por una red de medios de comunicación, escuelas, iglesias, publicaciones y cultura que tiende a naturalizar y a hacer invisible el dominio”. No sirve de nada asaltar el Palacio de Invierno. Los gobernantes han generado “una visión del mundo que comparten incluso los dominados”. Para derrocarlos es preciso construir una cosmovisión alternativa.

Esto es algo que los artistas llevan haciendo toda la vida. “Es muy posible”, escribe Oscar Wilde en La decadencia de la mentira, “que durante siglos haya habido nieblas en Londres. Sí, seguramente las ha habido. Pero nadie las veía”. Fue preciso que los pintores nos enseñaran a apreciar “la misteriosa belleza de sus efectos” y, únicamente entonces, reparamos en ellas. “El cambio extraordinario que ha experimentado el clima de Londres estos últimos 10 años se debe por completo a una escuela artística”.

Wilde quería que su ensayo fuera “el heraldo de una nueva literatura”, pero se convirtió en el alba de una nueva política. Cada partido intenta ahora imponer su lectura de los hechos. Es una lucha de relatos en la que la victoria se mide en términos de cuotas de pantalla. El verdadero Parlamento es hoy la televisión.

Este juego tiene, sin embargo, un límite. Si releen la frase inicial de esta pieza, verán que no digo que el lenguaje construya la realidad. Digo que lo hace “en parte”. El matiz importa. Hay límites que el lenguaje no debe traspasar, y esos límites son los que hacen posible el propio lenguaje.

“¿Puedo dudar de lo que quiera?”, se pregunta Ludwig Wittgenstein en Sobre la certeza. En principio, nada lo impide. Por ejemplo, “¿ha comprobado alguien si esta mesa sigue existiendo cuando nadie la está mirando?” “¿Cómo sé que este color es el azul?” ¿Y estamos seguros de que esta persona “no tiene serrín en el interior de su cuerpo o de su cabeza”? Carecemos de cualquier “evidencia sensorial directa”, pero hay cosas que se comprueban y cosas que no se comprueban. “Si alguien dijese que duda de la existencia de sus manos, mientras las contempla desde todos los ángulos, […] su juego no sería el nuestro”.

La palabra nos hace libres. Literalmente. Nuestras democracias son logomaquias en las que se ponen y quitan Gobiernos mediante el debate y la votación. Es un ritual que requiere de reglas y, aunque hay árbitros que velan por su respeto, su tarea es inútil si no existe buena fe por parte de los participantes. Cuando retorcemos los significados y abusamos de los significantes, cuando argumentamos que el auténtico comunismo no era el de la URSS o que la austeridad no funcionó en Grecia porque no se perseveró en ella, es como cuando alguien sostiene que el azul no es azul o que sus manos no son sus manos. Su juego no es el nuestro.

Los periodistas lo sabemos y por eso no nos lo tomamos con humor.

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