La importancia de ser el primero

Si ustedes se murieran hoy, ¿podrían decir que se retiran en todo lo alto?

“¿Está usted satisfecho con lo que ha hecho con su vida?”, le suelta a bocajarro Shaun Murphy, el protagonista de The Good Doctor, a Paul Buendia, un conserje del hospital San Buenaventura. Paul ha ido al cuarto de limpieza a por una fregona y el hecho de que esté dentro aquel cirujano tan rarito ya es en sí una incógnita indescifrable. No se sobresalta, sin embargo, y tras reflexionar brevemente, se dispone a responder con toda naturalidad.

Dudo que los guionistas escogieran por casualidad a un oscuro conserje como interlocutor de Shaun en este episodio. En la jerarquía capitalista, hay pocas profesiones peor valoradas. Cualquiera puede hacer lo que hace Paul. Por eso cobra tan poco. Por el contrario, Bobby Ato, el paciente al que ha atendido Shaun poco antes, es una estrella de los videojuegos. “El año pasado ganó tanto dinero”, dice con admiración el jefe de cirugía, “que le compró a su madre una casa en la playa de Monterey. Y la pagó al contado”. Bobby ha ingresado con molestias en un codo. Todo indica un desgarro de ligamentos, pero cuando lo someten a un escáner de cuerpo entero le detectan un cáncer en el cerebro. “La masa tumoral”, le explican los médicos desolados, “envuelve el tronco encefálico, que regula tareas básicas como la respiración o las pulsaciones cardíacas. Su localización lo hace inoperable”.

“No me puedo quejar”, dice Bobby después de una pausa. “Habría estado bien que durara algo más, pero me voy en todo lo alto. Si ustedes se retiraran hoy, ¿podrían decir lo mismo?”

Esa es la pregunta que Shaun le reformula a Paul en el escobero. ¿Qué ha hecho usted con su vida? Igual que en la parábola de los talentos, quizás alguien nos pida cuentas en el más allá. ¿Cómo hemos invertido el capital temporal que nos confiaron? ¿Lo hemos multiplicado, como los buenos siervos, o nos hemos limitado a enterrarlo por miedo al fracaso? Bobby está convencido de que nuestro paso por la Tierra solo cobra sentido si lo empleamos en algún esfuerzo épico, si nos consumimos en una pasión cegadora, si somos el número uno. Paul puntúa muy bajo en esa escala. ¿Hay que arrojarlo, como al siervo inútil y perezoso, a las tinieblas exteriores, donde será el llanto y el rechinar de dientes?

No lo creo, ni tampoco los guionistas de The Good Doctor. “Limpio el edificio”, le responde a Shaun, “pero me casé con el amor de mi vida. Hemos criado a tres hijos hermosos. Uno de ellos tuvo algunos problemas, pero los ha superado. Los otros dos se han emancipado y les va bien. Y he sido una buena persona. Al menos, eso pienso”.

“Es una respuesta muy buena”, admite Shaun.

Pero aún le queda la confirmación empírica, porque, como sucede a menudo en la serie, el diagnóstico inicial es erróneo. Resulta que el cáncer de Bobby se puede operar, aunque las secuelas de la intervención le impedirán volver a la élite y lo degradarán a esa medianía que antes parecía despreciar. ¿Y qué hace?

Acepta sin rechistar. “Si estás muerto”, razona, “estás muerto”.

La vida tiene un valor intrínseco que supera cualquier consideración capitalista o evangélica sobre lo que merece o no la pena, y no hace falta ser el primero en nada para sentirse satisfecho con ella.

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