Un experimento natural

Elija a dos individuos jóvenes, sanos, con sus necesidades cubiertas. Deje a uno en su entorno natural y al otro hágalo rico y famoso. ¿Por quién se cambiaría usted?

Un día de finales de los 60 se presentó en el caserío de Urtain un enviado de Franco y le dijo como el hada madrina de la Cenicienta: “Te vamos a hacer campeón de boxeo, serás famoso, ganarás un montón de dinero”. Urtain era un célebre levantador de piedras cuyo padre había muerto por una apuesta propia de Gila: no aguantó que un paisano le saltara sobre el abdomen desde la barra del bar. “Así se las gastaba aquella gente”, escribe el gran Alfredo Relaño.

Como es de sobra conocido, Urtain aceptó e inició una ascensión que, si bien desprendió siempre un aroma sospechoso a tongo, lo hizo efectivamente campeón de Europa en abril de 1970. Como el enviado de Franco le había prometido, se volvió famoso, ganó un montón de dinero, no sabía cómo quitarse a las mujeres de encima. “Les decíamos [Pedro Carrasco y yo], bueno, si queréis venir a casa, venid, pero con las bragas en la mano. Y tú las veías a las señoritas con las bragas en la mano tocando el timbre”.

¿Qué pensaría José Antonio Lopetegui al verlo en el cénit de su carrera? Lopetegui era un levantador de piedras todavía más célebre, el primero al que se había dirigido el enviado de Franco, pero Relaño cuenta que le dijo no, gracias. “Quería su asador, su familia, sus paisajes, sus partidas con los amigos, su mundo”. A toro pasado suena muy sensato, pero no tuvo que ser fácil para Lopetegui mirar las portadas de la época y tropezarse con Urtain puños en alto, el rostro tumefacto, la txapela mal calada, celebrando un éxito tras otro. “Ese podía ser yo”, se diría a sí mismo. “Ese podías ser tú”, se dirían su familia y sus amigos. Debió de aguantar muchas miradas conmiserativas, mucho comentario a sus espaldas, muchas risitas ahogadas.

Aunque Urtain terminaría confesando que también él añoraba el campo, eso sería dos décadas después, cuando ya era un juguete roto acosado por los acreedores. Mientras el suministro de victorias, cheques y señoritas fluía, ¿quién se acordaba del paisaje y las partidas? Para eso hace falta un raro temple del que yo confieso carecer. Recuerdo bajar de pequeño al trastero y encontrarme en un rellano a la portera sentada a la máquina de coser debajo de un cartel que decía: “Si ya no puedes tener lo que querías, quiere lo que tienes”. La luz crepuscular, la sintonía del consultorio de Elena Francis, el olor a guisote, todo me inspiraba una profunda melancolía. Desde la petulancia de quien tenía toda la vida por delante, observaba despectivo aquel cartel y razonaba que era la asunción de la derrota. Yo estaba llamado a realizar grandes gestas, me imaginaba a bordo del bajel pirata que llaman por su bravura El Temido, en todo mar conocido del uno al otro confín.

Hoy me pregunto qué opinarían los marinos que se dedicaban al corso en el Caribe del nivel de mitificación que han alcanzado en nuestra sociedad. Las condiciones a bordo de un buque del siglo XVIII eran extremadamente duras. Se navegaba hacinado en un espacio reducido y hediondo, lleno de ratas y enfermedades. Si a aquellos tripulantes les hubieran ofrecido cambiarse por mi portera, ¿cuántos habrían dicho no, gracias?

Muchos años después de que Urtain se arrojara al vacío desde su piso de Fermín Caballero 57, Lopetegui seguía disfrutando de la familia, los paisajes, las partidas. Su renuncia a una gloria fugaz se reveló una lúcida decisión, aunque nunca sabremos si la adoptó por timidez, por pereza o porque intuía que, en el fondo, las hazañas deportivas solo interesan a poetas y a políticos como aquel enviado de Franco que un día de finales de los 60 se presentó en su caserío como el hada madrina de la Cenicienta.

Un comentario en “Un experimento natural

  1. Yo, también, soy amante de mis rutinas…. Me incomoda romperlas, tanto para bien como para mal… Cuando son para mejor, me alegro… Cuando son para peor, me acostumbro… Pero prefiero estar igual; ya sabes: no news, good news…

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