Lo que se ve y lo que no se ve

El problema del Gobierno balear no es que su argumentación para expropiar sea falsa o malintencionada, sino incompleta y miope.

Haciendo una vez cola en el supermercado vi cómo a un niño se le caía una bolsa vacía al suelo. Amagó con recogerla, pero la madre se lo impidió. “Déjala”, le ordenó, “así tendrán que contratar a alguien”. La lógica es irrefutable. Ensuciemos, rompamos, deshagamos para que se limpie, arregle, rehaga. El Instituto Nacional de Estadística registrará esa actividad, la sumará al producto interior bruto y, en marzo del año que viene, nos informará de que hemos crecido el equis por ciento y hemos creado tantos puestos de trabajo.

Por desgracia, el progreso no consiste en eso. Frédéric Bastiat lo denuncia en su panfleto de 1850 Lo que se ve y lo que no se ve. “En la esfera económica”, escribe, “un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un único efecto, sino una cadena de ellos”. El primer eslabón es el más patente. El hijo del burgués hace pedazos una ventana de una pedrada y el padre reacciona como la madre del supermercado. “Estos accidentes hacen funcionar la industria. […] ¿Qué sería de los cristaleros si nunca se reventaran cristales?” La reparación cuesta seis francos, que se anotan en la contabilidad nacional como un aumento del PIB. Eso es lo que se ve.

Lo que no se ve es que, si no hubiera tenido que gastarse esos seis francos en la ventana, su dueño se habría comprado unos zapatos o un libro y su patrimonio (y, por tanto, el de la sociedad) sería mayor. Del mismo modo, si el supermercado se ahorra el sueldo de una limpiadora, podrá contratar a otra cajera, agilizar el pago y ahorrar tiempo de espera a los clientes. En eso consiste el progreso.

“Destruir, rasgar, disipar no promueve la riqueza”, argumenta Bastiat. De lo contrario, enviaríamos cada mañana un escuadrón de EF-18 Hornet a que bombardeara un puente, un embalse, una autovía. Reconstruir cada una de esas infraestructuras hace funcionar la industria, como la pedrada del hijo del burgués, pero entraña también una renuncia y, antes de tomar cualquier decisión en la esfera económica, conviene evaluar cuál es ese coste de oportunidad.

Por ejemplo, expropiar pisos y destinarlos a alquiler social es algo políticamente vistoso. ¿Qué clase de desalmado puede oponerse a que el Gobierno balear suministre techo a 56 familias? Lo hace, además, a costa de “grandes tenedores”, cuyo perjuicio es despreciable en comparación con el bienestar que experimentarán esas familias.

El cálculo ignora, sin embargo, la incertidumbre que la decisión siembra entre los inversores. Muchos se lo pensarán dos veces antes de impulsar nuevos desarrollos, lo que contraerá la oferta de vivienda y agravará su carestía. Se han resuelto 56 problemas hoy a cambio de comprometer el remedio de miles mañana.

Tampoco me convence la superioridad moral con que la izquierda habla de los “grandes tenedores”, como si se tratara de una figura penal. “Son fondos buitre”, alega, “se lucran con infortunio ajeno”. Sin duda, pero como el humilde alimoche cumplen una función benéfica para el ecosistema. El estallido de la burbuja dejó los balances de los bancos cargados de inmuebles vacíos y, si Blackstone no hubiera pujado por ellos, ahí continuarían, atascando la concesión de crédito (o engordando el déficit público). La digestión de la crisis habría costado más tiempo, recursos y empleo.

No es que los razonamientos del Gobierno balear o la señora del supermercado sean falsos o malintencionados, sino incompletos y miopes. Se dejan deslumbrar por el efecto inmediato de un fenómeno, en lugar de “abarcar con el pensamiento el conjunto de los efectos”, como recomienda Bastiat.

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