Elogio de la tibieza

Nada que merezca llamarse civilizado puede levantarse sobre la aniquilación del contrario.

De la mente criminal inquieta la frialdad. Entendemos al Otelo que enloquece de celos y estrangula a Desdémona, pero se nos escapa la mujer que mata de un golpe a un niño de ocho años, oculta el cadáver y luego concede entrevistas en las que se muestra desolada, llora y consuela a los padres.

A menudo se asimila la virtud al autodominio. Si controláramos las pasiones, se dice, el mundo viviría en paz y concordia. El uso del logos conduce a la verdad y el bien.

Chesterton observa, sin embargo, que loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo menos la razón. Su mente se mueve en un círculo perfecto, aséptico, despojado de toda emoción, y esa racionalidad impecable lleva derecho hasta la solución final. Auschwitz se administraba con los mismos criterios científicos que la Volkswagen, solo que en lugar de coches producía judíos muertos. “Los nazis”, se explica en el Museo del Holocausto de Washington, “buscaban constantemente formas de exterminio más eficientes. En setiembre de 1941 […] realizaron experimentos con Zyklon B […]. Se demostró que era el método de gaseo más rápido y se seleccionó para realizar masacres”.

Despojada de benevolencia, la inteligencia más aguda se convierte en un peligro público. Todas las revoluciones se emprenden con la esperanza de abrir un desagüe por el que desaparezcan la injusticia y el sufrimiento, pero el asalto del cielo tropieza pronto con los escrúpulos de los timoratos, que se resisten a abatir la espada sobre el cuello vencido. ¿Debemos dejar que unos pocos se interpongan en la felicidad de la mayoría? La respuesta estrictamente racional es que no, pero el tibio duda a pesar de todo y por eso los fanáticos de todos los tiempos han amenazado con vomitarlos de su boca, desde san Juan en Patmos hasta Stalin, pasando por el abate Arnaldo Amalric: “Matadlos a todos. Ya reconocerá Dios a los suyos”.

“El primer paso de la política”, escribe Rafael Narbona, “es reconocer el derecho del otro a la vida y la libertad”. Nada que merezca llamarse civilizado puede levantarse sobre la aniquilación del contrario y la naturaleza nos ayuda dotándonos de empatía, contaminando de sentimientos el cálculo racional.

En 1957 un periodista abordó a Albert Camus y le pidió su opinión sobre la guerra de Argelia. “En estos momentos”, respondió, “se están poniendo bombas en los tranvías. Mi madre puede viajar en uno de ellos. Si eso es la justicia, prefiero a mi madre”.

No hay nada más maravillosamente apasionado, tibio, civilizado.

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