Lo que hay

¿Qué camino tiene el hombre hacia lo infinito y de qué modo puede participar en él?

Los Locos Veinte no sucedieron por casualidad a la Primera Guerra Mundial. La atrocidad de aquella carnicería restó cualquier credibilidad al discurso ilustrado de un progreso continuo. La fatalidad acechaba a la vuelta de cada esquina y la gente se abalanzó sobre la era del jazz con un ansia ciega. Monsieur Bernard, un profesor de ciencias que tuve en el Liceo, sostenía que había sido la época más feliz de la historia y en su descargo debo decir que, durante los recreos, hacía todo lo posible por revivirla en el laboratorio con mademoiselle Durand, la profesora de historia. “Tenía que haber nacido en los años 20”, se lamentaba luego con la mirada perdida.

En Tiempo de magos Wolfram Eilenberger describe el duelo que en la primavera de 1929 celebraron en Davos el pulcro neokantiano Ernest Cassirer y un joven a quien la prensa describió como “un caballero muy vehemente que hacía tremendos esfuerzos por parecer cortés”: Martin Heidegger. Cassirer era el representante del establishment académico. Heidegger, el artificiero decidido a dinamitarlo. Cassirer aún confiaba en la capacidad de la ciencia para dotar de sentido el universo. Heidegger creía que eso solo nos distraía de la acuciante proximidad de la muerte.

En un momento dado, cuenta Eilenberger, un estudiante planteó a Cassirer unas preguntas “muy simples”: ¿Qué camino tiene el hombre hacia lo infinito y de qué modo puede participar en él? Cassirer “no lo dudó ni un segundo”. Experimentamos lo eterno, contestó, cuando creamos reinos simbólicos que trascienden los límites de nuestra finitud: por ejemplo, la lógica, las matemáticas.

Aquellos jóvenes habían sobrevivido, sin embargo, a la batalla del Somme, la gripe española y la hiperinflación de Weimar y estaban poco dispuestos a conformarse con lo que no dejaban de ser pasatiempos ingeniosos. No pensaban quedarse sentados al amor de una estufa, como Descartes, mirando el mundo desde una ventana y discurriendo razonamientos que demostrasen que su existencia era real. Había que saltar por la ventana, revolcarse en la vida, cobrar conciencia de que la certidumbre de su finitud nos compele a ir al encuentro de todas sus posibilidades.

Al final, el experimento de mi profesor de ciencias con mademoiselle Durand acabó abruptamente cuando madame Bernard los descubrió reviviendo los Locos Veinte sobre una mesa de disección. Como eran franceses, todo se solucionó de forma bastante civilizada (no quiero ni pensar lo que habría pasado de haber sido españoles, con aquella aula llena de escalpelos). Monsieur Bernard se disculpó por el desliz y la esposa entendió que se debía a su naturaleza soñadora, aunque para evitar recaídas solicitó a fin de curso el traslado a otro centro.

Luego volvimos a la normalidad. “Tenía que haber nacido en los años 20”, insistía monsieur Bernard con la mirada perdida, y hoy me pregunto si su empeño por revivir con la imaginación (y mademoiselle Durand) aquel reino simbólico no le impidió revolcarse en la apasionante década de los 60, mucho más real e igualmente llena de posibilidades.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s