Por qué alguna gente no quiere vacunarse

Las historias son más poderosas que cualquier evidencia y nublan nuestro juicio con consecuencias desastrosas.

Me imagino que están al corriente de que el animal más peligroso de la creación es el mosquito. Es difícil dar con un concursante de la tele que te diga que es el tigre o el tiburón. Las estadísticas son inapelables. El mosquito mata a 750.000 personas cada año, mientras que el tigre no pasa de las 120 y el tiburón, de las 10.

No son, no obstante, las estadísticas las que nos han convencido. Para nuestro cerebro, valen poco si no van acompañadas de una historia. Danny Kahneman empezó a sospecharlo a los 10 años, una tarde de 1944 en que su padre lo llevó a dar un paseo. Eran judíos en la Francia ocupada, llevaban meses huyendo de los cazarrecompensas nazis, viviendo en condiciones imposibles. A su padre, diabético no tratado, le habían salido manchas negras en el interior de la boca. Parecía un anciano a pesar de tener 49 años. Le dijo que debía pensar en sí mismo como el hombre de la casa. Aquella noche murió.

¿Cómo habían leído tan mal la amenaza de Hitler? ¿Por qué no habían huido en cuanto la Wehrmacht entró en París?

Al final, Kahneman terminó en Israel y, en el instituto donde cursó bachillerato, un test le aconsejó orientarse hacia la psicología. No le sorprendió. Solo podía ser rabino o psicólogo, pero lo primero quedó descartado tras la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Estaba claro que, si había un Dios, no parecía muy interesado en lo que sucedía aquí abajo. Por el contrario, era urgente averiguar cómo tomábamos decisiones, porque nuestros métodos eran manifiestamente mejorables.

Los economistas aún suponían que éramos seres racionales. Si preferíamos A a B y B a C, entonces preferiríamos A a C. Un psicólogo de la Johns Hopkins llamado Ward Edwards había comprobado, sin embargo, que una cuarta parte de las alumnas preferían casarse con Jim antes que con Bill y con Bill antes que con Harry, pero también con Harry antes que con Jim. La explicación de Edwards era que respetábamos la transitividad si se trataba de dilemas simples: el sabor de un helado, el color de un suéter. Pero cuando las alternativas eran complejas y multidimensionales, como un empleo o un amante, la información nos desbordaba. ¿Cómo nos las arreglábamos para gestionarla?

Kahneman y su colega Amos Tversky descartaron que la estadística tuviera nada que ver. Se usa, en todo caso, como último recurso. Por ejemplo, elaboras una lista con tres facultades y la proporción de alumnos matriculados en cada una de ellas: economía, 15%; derecho, 25%, e ingeniería, 8%. Luego, se la das a alguien, le preguntas cuál es la probabilidad de que un individuo estudie ingeniería y, tras consultar la lista, te dirá sin pestañear el 8%. Pero si añades que es alguien que “tiene necesidad de orden y claridad, de sistemas pulcros donde cada detalle encuentre su sitio adecuado” y que “no le gusta demasiado interactuar con los demás”, ignorará la lista y te responderá el 50% o el 75%.

La gente predice construyendo relatos y, una vez que una situación “se interpreta de una manera particular, resulta muy difícil verla de otra distinta”, escriben Kahneman y Tversky. La aversión a AstraZeneca no se ha materializado de la nada ni a partir del minúsculo movimiento antivacuna. Se inscribe en una narración de desconfianza hacia un sistema que, según sus detractores, no para de encadenar crisis. “Llevan siglos mintiéndonos en todo”, se lamenta Miguel Bosé. Aunque pocos suscriben sus tesis sobre una dictadura farmacéutica, son bastantes los que no pueden concebir una cadena de eventos que no incluya la codicia de los grandes laboratorios y la corrupción de los políticos. Mientras esos recelos persistan, da igual los ceros que las autoridades añadan detrás de la coma al riesgo de sufrir una embolia. Es como si a alguien que no sabe qué es la malaria le dices que un mosquito es 6.000 veces más mortífero que un tigre. Pensará que te has inventado el número y le tomas el pelo.

Las historias son más poderosas que cualquier evidencia y nublan nuestro juicio con consecuencias desastrosas. Kahneman lo comprendió años después, cuando ya era el prestigioso investigador que acabaría obteniendo un Nobel. Su padre no había huido de Francia porque era más sencillo realizar una predicción a partir de cómo se había portado el ejército alemán en 1919 que discurrir otra en la que se exterminaba a todos los judíos en cámaras de gas, por más pruebas que hubiera de que las cosas iban a ser diferentes.

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