¿Qué tienen en la cabeza los políticos?

Básicamente, judías verdes.

Un centro de salud extremeño ofrecía el otro día vacunas de AstraZeneca a todos los “interesados” hasta “fin de existencia”. Andamos en 60.000 nuevos casos por semana, en 10.000 hospitalizados y en 653 muertos, pero los viales se saldan como si fueran ropa fuera de temporada. ¿Se han convertido en un artículo de moda? Ojalá. En la industria textil son bastante más serios y confían la comunicación a profesionales. Las campañas de salud pública están, por el contrario, en manos de aficionados.

En principio, la democracia alinea los incentivos de gobernantes y gobernados: los primeros hacen lo que les dicen los segundos para que no dejen de votarles. Esta ley de las reacciones anticipadas es, de todos modos, bastante menos mecánica de lo que su enunciado sugiere. Los ciudadanos sometemos constantemente la realidad al filtro de la ideología. Si apoyamos al Ejecutivo y las cosas marchan regular, razonaremos que no ha habido más remedio que atravesar un túnel de austeridad, o que la salvaje oposición boicotea su abnegado esfuerzo, o que la insensibilidad del BCE y la insolidaridad de los luteranos del norte impiden que el crédito fluya. Da igual. El fuego del sectarismo nunca se apaga y, si alguna vez amenaza con hacerlo, ahí están los asesores políticos para avivar la llama. Día y noche, laborables y festivos, esa casta sacerdotal escruta prensa, radio y televisión a la caza de cualquier incidente que desmovilice a sus partidarios: un mal dato de crecimiento, el último barómetro, un comentario desafortunado. A la menor señal de alerta, movilizan a su ejército de fontaneros para contrarrestar la noticia, desmentirla, matizarla, relegarla al fondo del scroll o la escaleta. Es un control de daños puramente electoral, que no tiene por qué respetar los dictados del sentido común o el interés general.

Hay un ejemplo en la segunda temporada de El Ala Oeste de la Casa Blanca. Un diariopublica que al presidente Jed Bartlet no le gustan las judías verdes. Cuando Toby Ziegler, el director de comunicación, se lo comenta a C. J. Gregg, la jefa de prensa, esta no entiende su inquietud, pero no tarda en descubrir que el cultivo de judías verdes supone una proporción significativa del PIB de Oregón y que en ese estado ganaron por apenas 10.000 votos. “No sé cuántos productores de judías verdes habrá allí, pero como sean 10.001…”

Ziegler propone al presidente que se fotografíe comiendo un plato de judías, con un pie que diga que siempre está buscando nuevas recetas para cocinarlas, y es interesante la reacción de Bartlet. “Perfecto”, dice, y pasa al siguiente tema. O sea, ni caso. Sabe, como argumentará C. J. instantes después, que la mayoría de los agricultores de Oregón son adultos sensatos, conscientes de que algunas personas no aprecian las judías verdes y no por ello debe retirárseles la palabra o el voto.

Se trata, por desgracia, de una serie de ficción, cuyo protagonista es un presidente inverosímil, que distingue lo que importa y lo que no y que admite sus errores cuando los comete. ¿Qué habría hecho si lo hubieran puesto ante el dilema de administrar un antídoto que causa trombos a 0,8 de cada 100.000 inmunizados y evita una enfermedad que mata a 450 de cada 100.000 no inmunizados? Los trombos a la hora del telediario no animan las expectativas electorales, pero me cuesta imaginarlo interrumpiendo la campaña de vacunación, atizando la suspicacia de los ciudadanos y obligando a un centro de salud extremeño a saldar los viales como si fueran ropa fuera de temporada.

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