La desigualdad y sus enemigos

¿Deberíamos vivir todos en un modesto apartamento de Vallecas hasta que todos pudiéramos mudarnos a un chalet de Galapagar?

Ante el lento avance de las vacunas, algunas voces han solicitado la eliminación de las patentes. Pablo Iglesias va un paso más lejos. “No me temblaría el pulso”, dice, “en nacionalizar farmacéuticas si tuviera el poder”. Ante el dilema entre la salud de todos y la codicia de unos pocos, solo un desalmado se pondría del lado de la codicia. ¡Que se vayan al garete los grandes laboratorios!

Sucede, sin embargo, que es un falso dilema. No existe un nítido enfrentamiento entre salud y codicia. No está siempre la primera en un lado y la segunda en el otro, sino que se separan y convergen en una compleja danza. Se separan, por ejemplo, cuando se deja de producir un remedio contra la enfermedad del sueño porque sus víctimas son los habitantes de países africanos insolventes, y convergen cuando se descubre que es un eficaz depilatorio facial para las mujeres de las opulentas naciones occidentales.

Habría que alinear los intereses y eso se puede hacer despejando, como sugiere Iglesias, la codicia de la ecuación: a partir de ahora nadie se lucrará con el desarrollo de tratamientos, con la salud no se especula. Por desgracia, limitar la investigación médica a un monopolio público no carece de inconvenientes.

El primero tiene que ver con cómo gastan el dinero los gobernantes (y doy por supuesto, y es bastante suponer, que son gobernantes honestos). Deben fijar prioridades y es razonable empezar por las enfermedades más graves. El problema es que a menudo se da con el remedio por pura casualidad. La clormoprazina se comercializó como un antihistamínico antes de comprobarse que calmaba a los esquizofrénicos. Un brote psicótico parece más serio que la fiebre del heno y cabe imaginar al ministro de turno planteando: ¿cómo vamos a gastar en alergia cuando millones de pacientes psiquiátricos sufren una agonía? Es un argumento respetable en un político, pero irrelevante para un empresario. Si este ve la posibilidad de ganar dinero con la alergia, allá que va, y eso convierte el mercado en un laboratorio donde se ponen a prueba las ideas más peregrinas, muchas de las cuales se apartan del sendero trillado felizmente. Si Henry Ford hubiera preguntado a la gente qué quería, le habría respondido: caballos más rápidos. ¿Estaríamos mejor si renunciáramos a esa fuente de creatividad?

El segundo inconveniente se refiere a la seguridad jurídica. La nacionalización vulnera la propiedad privada y, aunque los juristas no la sitúan ya en pie de igualdad con el derecho a la vida o a la libertad, aún la consideran una institución digna de protección por motivos prácticos. La historia enseña que en los lugares donde se respeta aumentan el emprendimiento, la acumulación de capital, la productividad y el bienestar. Desde el punto de vista de la equidad, obliga a que unos ciudadanos estén peor que otros, pero ¿deberíamos vivir todos en un modesto apartamento de Vallecas hasta que todos pudiéramos mudarnos a un chalet de Galapagar? Ni los enemigos de la desigualdad se lo creen.

“El principio de la redistribución de la riqueza”, escribe Mario Vargas Llosa, “tiene una fuerza moral indiscutible, pero impide ver a sus propugnadores que no favorece la justicia si las políticas que inspira paralizan la producción, desalientan la iniciativa y ahuyentan las inversiones”.

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