El señor presidente

“Cuando la edad declina”, advierte Pericles, “no es la riqueza lo que más conforta, como dicen algunos, sino el honor”.

Me habían sentado en la peor mesa. Los jefes debemos dar ejemplo, me explicó el presidente con las manos en los bolsillos de su sempiterno traje gris. La mesa estaba justo a la entrada de aquella sala enorme que compartíamos todas las secciones. Habría dos centenares de redactores, quizás más, todos recién mudados de varias sedes repartidas por Madrid. El edificio aún estaba en obras y yo tenía en un costado una cortina de plástico detrás de la que seguían trabajando los albañiles, los pintores, los electricistas y por la que se colaban como puñales las ráfagas de aquel enero helador. Nadie sabía dónde se sentaba nadie y todo el que aparecía por la puerta se quedaba parado, dudaba unos instantes y luego me preguntaba: ¿fulanito de tal? Así que yo estaba allí, aterido de frío, organizando el tráfico en la planta, cuando sonó el teléfono.

Era un buen amigo, compañero de facultad y de algunas andanzas nocturnas. Le habían encargado un informativo de televisión y quería que me fuera con él. No hablamos de dinero, aunque, me advirtió, no va a haber problema, esta gente no repara en gastos, verás cómo nos ponemos de acuerdo. Además, añadió antes de colgar, la prensa de papel no tiene futuro, y yo miré a mi alrededor y vi aquel caos y reparé nuevamente en que me habían sentado en la peor mesa de la redacción, expuesto a todas las inclemencias del invierno, enfrente de la entrada, como si fuera el conserje.

No le comenté nada de la oferta a mi mujer a la hora de la comida, ni tampoco por la noche, tras un episodio de CSI o de 24 o de lo que estuviera entonces de moda. Cuando me levanté por la mañana todavía me duraba el runrún dentro de la cabeza: la peor mesa de la redacción, enfrente de la entrada. Me merezco un informativo de televisión, cavilaba mientras me afeitaba, esta gente no repara en gastos, pensaba mientras me metía en el coche. En la radio oí que la M30 estaba atascada, así que opté por callejear y, al bajar por Príncipe de Vergara, pasé por delante del edificio que acabábamos de dejar, un caserón beige, funcional, soso, invisible.

Resultó providencial.

Me recordó cómo el presidente me había acogido allí cuando no era nadie, recién salido de la mili, y cómo había vuelto a apostar por mí años más tarde, cuando me habían echado sucesivamente de otra publicación y de una emisora de radio y nadie parecía querer saber nada de mí. ¿No estaba en deuda con él? Sin duda, pero a medida que el caserón beige quedaba atrás notaba yo cómo mi gratitud flaqueaba y resurgía otra voz que repetía machacona: me lo merezco, esta gente no repara en gastos.

En cuanto llegué a mi puesto de trabajo, cogí el teléfono, llamé al compañero de facultad y le comuniqué mi resolución: muchas gracias, pero me quedo, lo siento.

No quiero alardear de virtuoso. La incómoda sensación de que había hecho el idiota me acompañó bastante tiempo. Después, el presidente falleció y hoy es una de las decisiones de la que me siento más orgulloso.

“Y cuantos habéis dejado atrás la juventud”, dice Pericles en su Oración fúnebre, “considerad que vuestra fuente mayor de deleite es la vida que habéis tenido, no la que os queda, y consolaos con la fama de vuestros hijos [caídos heroicamente], pues […] cuando la edad declina no es la riqueza lo que más conforta, como dicen algunos, sino el honor”.

Cuesta entenderlo al principio, pero tiene toda la razón.

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