Charlas con Wanda

En Estados Unidos y otros países occidentales, hay un creciente clamor para que se adopten los perros de refugios en vez de comprarse.

A Wanda le encanta el contacto humano. Es una salchicha negra y menuda y, en cuanto mi mujer se sienta delante de la televisión, se le sube al regazo. Algunas noches mi mujer no está de humor para estas expansiones de afecto y se la sacude de encima con impaciencia. “¡Wanda, por favor!”, la conmina. El animal se sienta entonces y la mira con un desconsuelo que la desarma. “Bueno, venga”, accede mi mujer al fin, y la perrita salta de nuevo sobre ella, hace brevemente nido con sus garritas, se enrosca feliz.

En casa siempre hemos tenido perro: Keeper, Arpad, Elsa, Kim y, ahora, Wanda. Los sacamos de la pajarería del barrio y nos parecía un hábito entrañable e inocente, pero últimamente leo muchas críticas contra los criadores de raza. “En Estados Unidos y otros países occidentales”, escribe la experta en bienestar animal Candace Croney, “hay un creciente clamor para que se adopten los perros de refugios en vez de comprarse”. El comercio de mascotas, afirman sus detractores, las rebaja a la condición de mercancía. Si no pudieran comprarse, quien deseara un animal tendría que acudir a las perreras y estas se vaciarían, aliviando tanto sufrimiento innecesario.

Supongamos que así sucediera y se aboliera la cría de perros. ¿De dónde saldrían los de los refugios? En términos económicos, son mercados secundarios en los que se negocian los activos una vez generados. Para que puedan funcionar hace falta un mercado primario o emisor, que en el caso de las mascotas son los criaderos. Su existencia parece ineludible, a no ser que nos dediquemos a cazar especies salvajes y las obliguemos a hacernos compañía, algo que no parece ni ético ni aconsejable.

Asumida la inevitabilidad de los viveros, podríamos imponer la norma de que se recurriera a ellos solo cuando los refugios estuvieran vacíos. El problema es que en los refugios hay todo tipo de criaturas: algunas entrañables, como nuestra Wanda, y otras de conducta errática o abiertamente agresiva. De hecho, un proceso de selección adversa hace que, con el paso del tiempo, sean estas últimas las que predominen. En la perrera municipal de Madrid muchos animales son “de difícil adopción”, porque están estresados o son razas oficialmente peligrosas. La posibilidad de que, si no dejas que se te suba al regazo, te haga presa en un tobillo en lugar de mirarte con desconsuelo no es una de las características que al menos mi mujer (llámenla rara) aprecia en una mascota.

“¿Y no es una formidable hipocresía”, me dirán, “llamar al perro el mejor amigo del hombre, mientras lo compramos y vendemos como si fuera un esclavo? ¿Qué clase de desalmado trata como mercancía a un amigo?” No suena muy congruente, es verdad, pero no se me ocurre un sistema de distribución alternativo. ¿Cómo entraríamos en contacto, si no? ¿En una cafetería? ¿En un bar de carretera? ¿Por Tinder?

La tendencia a tratar a los animales como humanos acaba chocando con los límites de la comunicación. Mi mujer puede dejarse seducir por las miradas de Wanda y tenerla encima mientras ve la televisión, pero no preguntarle qué le parece El Ala Oeste de la Casa Blanca. Conmigo sucede al revés: me pregunta qué opino de la serie, pero no se deja seducir por mis miradas.

“El contrato social al que Rousseau se refería se basa en el lenguaje y en la reciprocidad consentida, condiciones imposibles en la relación entre humanos y animales”, argumenta el filósofo Fernando Savater. El que no se dé la posibilidad de contrato no significa, por supuesto, que esté “fuera de lugar hablar de buen o mal trato” y, en el caso de las mascotas, la solución no es abolir la cría de raza, sino exigir que se desarrolle en las mejores condiciones.

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