La tristeza del idiota

El arquero sabio nunca desea acertar: se limita a intentarlo. De ese esfuerzo, del cultivo y el dominio de la técnica emanan la única satisfacción que nunca defrauda.

El recién fallecido periodista Marino Gómez Santos contaba que una vez fue a visitar a Azorín y lo encontró muy deprimido. “¿Qué le ocurre, maestro?”, le preguntó. “Anoche”, le dijo, “me estuve releyendo y ¡qué mal escribo!” Marino se quedó todavía más deprimido. “Pues si él escribe mal…”, se fue pensando, pero esa no es la moraleja. La moraleja es que no hay que releerse ni mucho menos juzgarse con severidad, porque el resultado final (de un artículo o de lo que sea) no depende solo de nosotros. “El tirador debe procurar dar en el blanco”, enseña Cicerón, pero también ser consciente de que no controla todos los factores: una racha de viento o una pérdida de concentración pueden alterar el vuelo de la flecha. Por eso, el arquero sabio nunca “desea” acertar: se limita a “escogerlo”, a intentarlo. De ese esfuerzo, del cultivo y el dominio de la técnica emanan la única satisfacción que nunca defrauda.

“Yo no produzco éxitos”, dice Woody Allen, “sino los mejores films que puedo. El fracaso es un gaje del oficio. Si te da miedo el fracaso o no puedes soportarlo (y cuando eres un artista que asume riesgos, te va a suceder en más de una ocasión) debes buscarte otro modo de ganarte la vida”.

Allen llevó esta actitud hasta la impertinencia en 1978, cuando la Academia de Hollywood seleccionó Annie Hall para cinco categorías y no se presentó a la ceremonia de entrega. “Estaba interpretando jazz en Nueva York”, recuerda, aunque admite que fue un pretexto: “tampoco habría ido si hubiese estado libre. […] No estoy interesado en el pronunciamiento de ningún grupo respecto de cuál es la mejor película del año, o el mejor libro, o el intérprete más valioso”. Así que aquella noche tocó su clarinete “lo mejor que pude, volví a casa, me fui a dormir y, a la mañana siguiente, en la parte inferior de la portada del New York Times vi que habíamos ganado cuatro Oscar”. Dedicó un minuto a pensarlo, luego acabó su cuenco de cereales, se sentó a la máquina de escribir y se puso a trabajar. “Para mí, cuando una película está terminada, está terminada. No intentes seguir sacándole provecho”.

Una de las piezas que había interpretado aquella velada fue Jackass Blues, de Joe King Oliver. “Ahora que había aprendido a querer a esa condenada mula, la voy a perder”, dice la letra. Esa es la tristeza del idiota: malograr el amor que se te ofrecía espontáneo por correr detrás de no se sabe bien qué anhelos.

El universo no se inclina ante nuestros deseos. Prosigue su curso ineluctable. ¿Por qué sufrir con aquello que está fuera de nuestro control: el afecto que se nos niega, el reconocimiento que nos elude, la riqueza que nos esquiva? Centrémonos en disfrutar de aquello que está en nuestra mano. “Para mí”, insiste Allen, “lo único divertido del mundo del cine reside en la realización de la película. […] Cuando todo termina y el filme está hecho, mi criterio para juzgarlo siempre consiste en preguntarme hasta qué punto logra, hasta dónde cumple el sueño que tenía cuando tumbado en la cama imaginaba personajes y situaciones. ¿Logré el 50% de la idea? ¿Fallé en todo? En cualquier caso, después de una película siempre paso a otra cosa”.

Debemos aprender de la experiencia, pero no dejar que nos atormente. ¿Qué más da lo que escribimos ayer?

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