La indispensable tolerancia

Discutimos porque nos importan las cosas y, para renunciar a discutir, hay que renunciar antes a que las cosas nos importen.

Hay cierta falta de respeto en la tolerancia. De alguna manera se le está diciendo al antagonista: sé que sus opiniones son absurdas, pero acepto que las defienda contra toda lógica e inteligencia. Este desprecio es, sin embargo, un éxito de la civilización. Nuestra especie ha sido siempre más de abrirle la cabeza al discrepante. Cuando algo nos interesa de verdad, todo el que mantiene un punto de vista diferente nos desagrada. Es superior a nuestras fuerzas. Probablemente tenga una raíz fisiológica. A John Stuart Mill su padre lo educó en un completo aislamiento, para evitar que los sacerdotes y los metafísicos, los niños y los poetas lo contaminaran de irracionalidad. Fue sometido a una minuciosa dieta de literatura clásica y ciencia. A los cinco años dominaba el griego y a los nueve, el latín y el álgebra. El experimento tuvo “un éxito aterrador”, cuenta Isaiah Berlin. “John Mill poseía al cumplir los 12 años los conocimientos de un hombre de 30 excepcionalmente erudito”. Era una especie de vulcaniano, frío y duro, carente de esos ardores absurdos e inexplicables (el amor, el Atlético, el reguetón) y el resultado fue “una crisis agónica”. “En su primera madurez, John Mill […] se sintió desprovisto de objetivos” y sumido en “una terrible desesperación”.

Lo que el filósofo descubrió fue que discutimos porque nos importan las cosas y, para renunciar a discutir, hay que renunciar antes a que las cosas nos importen. El precio de la imparcialidad es el aburrimiento, la apatía, incluso la depresión. Pocos están dispuestos a pagarlo. De hecho, para aligerar la carga de la existencia, muchos inventan intereses artificiales (ya ven ustedes qué necesidad tiene uno de ser del Atlético).

Dadas estas premisas, es comprensible que la convivencia sobre este planeta no haya sido nunca fácil. En unos yacimientos de hace más de 13.000 años el 67% de los cadáveres mostraba heridas de origen violento. El mundo de paz y armonía con el que Mafalda soñaba únicamente sería posible con zombis a los que previamente se hubiera extirpado toda voluntad. Algunos no lo verían con malos ojos. Como dice el Interventor en Un mundo feliz: “¿De qué sirven la verdad, la belleza o el conocimiento cuando las bombas de ántrax llueven del cielo?”

Mill siempre rechazó esta abdicación de la libertad. Lo que nos distingue de los animales es, según él, la capacidad de elección. Sin ella no podemos desarrollar todo nuestro potencial, pero también observa Berlin que “no existe a priori razón alguna para suponer que la mayoría de las personas no serían más dichosas […] en un universo donde la intimidad y la autonomía individual estuvieran reducidas a un punto mínimo”. Como le explica el traidor Cifra al agente Smith mientras se lleva un trozo de carne roja a la boca: “Sé que este filete no existe, que cuando me lo meto en la boca es Matrix la que le está diciendo a mi cerebro: es bueno y jugoso. Después de nueve años, ¿sabes de qué me doy cuenta? La ignorancia es la felicidad”.

Es una actitud con la que no puedo estar menos de acuerdo, pero acepto que la defienda contra toda lógica e inteligencia.

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