¿Vivirán nuestros nietos peor que nosotros?

La humanidad siempre ha estado con el agua al cuello. Nunca hubo una edad dorada.

Vivimos ensimismados en el aquí y ahora, apremiados por las urgencias de la época que nos ha tocado: el paro, el covid, la hipoteca. “Toda vida es, mientras se está viviendo, más o menos angustiosa, porque consiste en problemas indómitos”, escribe Ortega. En cambio, cuando el hombre se vuelve al pasado, “ve junto a los problemas que lo abrumaron las soluciones, mejores o peores, que recibieron”. Es una charada cuya respuesta “poseemos de antemano”. Todo parece más sencillo.

Pero la humanidad siempre ha vivido con el agua al cuello. Nunca hubo una edad dorada. La Belle Époque refulge como un paréntesis de alegría en la belicosa ejecutoria europea: la emperatriz Sissi, el vals, los impresionistas. Pero los niveles de enfermedad, violencia y miseria de finales del XIX nos resultarían hoy intolerables. Tomamos la vida a beneficio de inventario, cuando viene en paquetes cerrados que no se negocian: la libertad de horarios del cazador recolector incluye al tigre de dientes de sable y el contacto estrecho con la naturaleza, la pitón que se come al niño en la cuna.

“Somos pobres con iPhone, Netflix, Tinder y Glovo”, dice la escritora Ana Iris Simón. Se le olvidan algunos elementos del paquete del siglo XXI: sanidad universal, educación gratuita, vuelos baratos, moda asequible. Ese es el suelo histórico sobre el que se asienta la sociedad actual y, como el suelo físico, tiende a darse por descontado. Nadie se pregunta antes de salir de casa: ¿seguirá ahí la calle? Únicamente cuando un seísmo nos sacude reparamos en que la civilización es un artificio cuya preservación requiere un esfuerzo constante.

Y en descargo de la humanidad hay que reconocer que no lo ha hecho nada mal. Ha apilado un invento encima de otro: el fuego, el hacha de sílex, la agricultura, la ley, la rueda, el hierro, la máquina de vapor, la electricidad. Las nuevas generaciones nos encaramamos en los hombros de las anteriores, aunque nunca alcanzamos el punto en el que todo encaja y el puzle se completa. Cada solución no se aloja dócilmente en un hueco previamente asignado por el Gran Relojero, sino que, como en una enorme mesa de billar, golpea a las demás bolas, descolocándolas. Peor aún. No es infrecuente que el remedio antiguo se convierta en el problema presente. La quema de combustibles fósiles hizo posible la Revolución industrial, pero liberó toneladas de dióxido de carbono que han calentado el planeta. La globalización nos ha bendecido con un aluvión de artículos baratos, pero facilita la propagación de virus. La instalación en tu ciudad de una gran tecnológica impulsa los salarios, pero también el precio de los pisos.

Por eso la cuestión de si estamos mejor o peor que antes nunca tendrá una respuesta fácil. Todos llevábamos en la guantera un callejero. Lo consultábamos para llegar a los sitios, pero a menudo no bastaba y debíamos interpelar a un lugareño. “Perdone, sería tan amable, ¿el casino de Aranjuez?” “Uy, eso se lo llevaron de aquí hace años, ¿de cuándo es su callejero?” Ahora le doy la dirección a Google y una señorita me indica: “Perfecto. Al Casino de Aranjuez. Vamos”.

“Pero te tienen localizado”, me dirán. Sin duda. ¿Qué hacemos entonces? Recuerdo una visita a Tenerife. A la entrada de Santa Cruz el tráfico estaba fatal. “La vida moderna es muy estresante”, se lamentó el taxista. Intenté consolarlo diciéndole: “Más estresante debía de ser andar por aquí en taparrabos persiguiendo muflones con un arco y unas flechas”. Echó una rápida ojeada por el retrovisor para ver qué clase de lunático había cargado en el aeropuerto. “Lo que usted diga”, concedió por si acaso.

Aquel conductor anhelaba algo irreal: un universo con coches y sin atascos, con lo bueno de cada época. Por desgracia, en contadas circunstancias se disfruta de esa rara mezcla. Por ejemplo, cuando perseguimos muflones con un fusil de mira telescópica, en vez de un arco y unas flechas. Esa incursión en los problemas del pretérito con las soluciones del presente no es, sin embargo, vida humana en sentido estricto, sino lo contrario: unas vacaciones de humanidad, un anacronismo, una farsa.

La existencia posee una “dramática sustancia de enigma abierto”, dice Ortega. Siempre está por hacer, por decidir. No importa el grado de confort alcanzado. Es y será angustiosa e ignoro si nuestros nietos vivirán mejor o peor que nosotros, pero sí sé que afrontarán desafíos que hoy ni imaginamos, igual que nuestros abuelos alucinarían con el cambio climático. Y sé asimismo que se quejarán y añorarán los días en que todo era más sencillo y solo teníamos iPhone, Netflix, Tinder y Glovo.

6 comentarios en “¿Vivirán nuestros nietos peor que nosotros?

    1. No hay más que ver con qué ansia nos hemos abalanzado sobre las terrazas. Al final, la satisfacción con la vida depende mucho de esas rutinas insignificantes que damos por supuestas, equivocadamente. Un fuerte abrazo y gracias por tu comentario.

    1. Exacto. No menciono la película, aunque la imagen que he elegido de la Belle Époque es una referencia implícita. Pocas veces se ha abordado la esterilidad de la añoranza con tanto talento. Un fuerte abrazo y gracias por tu comentario.

  1. Miguel, es que hay cosas difíciles de comprender. Nuestros padres tenían el doble de hijos, sólo entraba un sueldo en casa y podían comprarse un piso antes que nosotros. ¿Vivían mejor que nosotros? Eso es más discutible, dependerá de la perspectiva. Pero los economistas apenas se molestan en explicar por qué es así, o al menos tengo esa percepción. Es habitual que la gente te diga que es que ese dinero se lo han llevado los privilegiados (un hombre de paja, puedes poner lo que quieras). No estarían de más explicaciones accesibles. Lo mismo conoces algún libro que lo explique…

  2. Muchas gracias por tu comentario, José Manuel, y tienes toda la razón cuando haces énfasis en la perspectiva. Al final, hablamos de un tema muy íntimo y subjetivo. Se puede ser dichoso en medio de la pobreza más abyecta e inconsolablemente desgraciado en plena abundancia. Tener la vida resuelta (como torpemente decimos) puede incluso que sea contraproducente, como demuestran los estudios que han hecho los ingleses sobre ganadores de lotería. Lo que los economistas pueden determinar es la altura de lo que llamo en el post el suelo histórico, es decir, las condiciones materiales: ingresos, movilidad, servicios, etcétera. Hay investigadores que se han dedicado a analizar las declaraciones de la renta de varias generaciones y su conclusión es que el ascensor social no ha dejado de funcionar en ningún país de la OCDE desde los años 60. Me hacía eco de su trabajo en este reportaje de la Económica https://www.expansion.com/actualidadeconomica/analisis/2018/07/06/5b3f578722601d30638b463e.html
    Ahora bien, por mucha que sea la altura de los tiempos, eso no impide que sintamos añoranza del pasado, entre otras cosas porque el yo que recuerda manda más que el yo que decide, como explica Kahneman en Pensar deprisa, pensar despacio. Al final, se trata probablemente de una de esas cuestiones con las que no tiene mucho sentido entretenerse, porque si lloras por haber perdido el sol, etcétera. Un fuerte abrazo y gracias de nuevo por tu comentario.

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