A la felicidad por la economía

“Todos somos, en promedio, tipos promedio, pero para levantarnos por la mañana necesitamos sentirnos especiales”.

“Lo más racional, muchacho, es muchas veces ser irracional”, me dijo una noche Winston Friedman Jr., un economista medio borrachín que para algunas noches por el Calridge. Winston Friedman Jr. es el último representante de una dinastía de grandes economistas y, cuando digo el último, no me refiero solo al más reciente, sino también al peor. Toda su existencia ha discurrido a la sombra de sus progenitores, de la que jamás ha salido. No diría, sin embargo, que sea desgraciado. Al contrario.

“¿Sabes la cantidad de horas que invirtió mi padre tratando de superar el legado de mi abuelo? Respiró el día que lo llamaron del Banco de Suecia para decirle que le habían concedido el Nobel. Luego le dio un infarto y ahí comprendí el primer principio fundamental de la economía: el bien más escaso es el tiempo y el mejor modo de administrarlo no es consagrarlo a una causa, bastante aburrida por lo demás, como los efectos de la regulación pública en las estructuras industriales, que fue el tema por el que galardonaron a mi pobre padre”.

Una virtud que Winston Friedman Jr. cultiva especialmente es la impaciencia. Se sale a mitad de muchas películas y apenas termina uno de cada 10 libros. “Como dice Oscar Wilde, no hace falta beberse toda la barrica para saber cómo es el vino. Debemos lealtad a los amigos, a la familia, pero no a los directores de cine o los escritores. Seguir amarrado a la butaca porque has invertido unos euros en una entrada o una novela es un desperdicio. El dinero ya no lo vas a recuperar, pero aún puedes salvar el tiempo”.

“Yo es que me siento culpable cuando dejo un largometraje a medias”, le objeté.

“Eso es porque te falta práctica, muchacho”, me respondió escuetamente.

El segundo principio de la economía es que no todo se compra con dinero. Es verdad que la mejor forma de impresionar a las bailarinas del Calridge es tener un yate de tres palos o un avión privado, pero requiere demasiado tiempo y es por tanto incompatible con el primer principio. Es más eficiente cultivar los afectos que el destino te brinda espontáneamente, como Lucy la del guardarropa, y la receta no es complicada. “Hay que poner entusiasmo, ser atento y regalar objetos inútiles, como flores y joyas”. ¿Inútiles? “Las mujeres las aprecian justamente porque a los hombres no nos importan. Las compramos únicamente porque nos interesa la relación. Si les ofreciéramos una suscripción a Movistar Fútbol, pensarían que somos unos cerdos egoístas”.

Esta lógica retorcida nos lleva al tercer principio, que es el que mencionaba Winston Friedman Jr. al comienzo: lo más racional es muchas veces ser irracional. “Los estudios revelan que las personas realistas son más vulnerables a la depresión. Se ven tal cual son, y eso es fatal para la autoestima”. Lejos de asumir el socrático conócete a ti mismo, Winston Friedman Jr. postula una aproximación cervantina. “El Quijote vive al margen de la realidad, pero gracias a ello dispone de una energía de la que los demás carecen. No se conoce a sí mismo, ni falta que le hace, porque cuando se vislumbra, se viene abajo”.

“Pero para subsistir necesitas un poco de realismo”, le dije.

“Hay que ser a un tiempo Quijote y Sancho. Esa es la clave: ser lúcido, pero dentro de un orden. Todos somos, en promedio, tipos promedio, pero para levantarnos por la mañana necesitamos sentirnos especiales”.

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PS. Mi agradecimiento a Tyler Cowen y su ameno Descubre al economista que llevas dentro, de donde proceden las ideas que atribuyo al totalmente ficticio Winston Friedman Jr.

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