La sabiduría del rebaño

Lo que nos define como humanos no es que seamos críticos o gregarios, impulsivos o reflexivos, sino que podemos elegir y, en determinadas circunstancias, lo inteligente es ser ganado.

El domingo me pusieron la segunda dosis de AstraZeneca. La cita era en el Isabel Zendal, que me coge un poco a trasmano. Tampoco resultó sencillo aparcar. Tuve que dejar el coche lejos y pegarme una buena caminata bajo un sol de justicia. Cuando llegué a la zona norte, pabellón 3, me encontré una cola imponente. “Nos tratan como ganado”, se quejaba uno de los vacunandos. “Ya, pero como no protestamos”, aventuraba otro. “No hay derecho”, volvía a la carga el primero, “deberían vacunarnos en nuestro barrio”.

Tenían razón: la Consejería de Salud nos trata como ganado, pero es que ser ganado es a veces la opción más sensata. La sabiduría del rebaño es la más antigua. En lugar de inventar la rueda a cada paso, miramos a nuestro alrededor y vemos qué hacen los demás. Si tuviéramos que documentarnos exhaustivamente sobre cada cuestión que nos afecta antes de tomar partido, no podríamos hacer otra cosa y probablemente nos hubiéramos extinguido. El espíritu crítico ha sido clave para el progreso, pero en la sabana africana el mono que sobrevive es el que corre primero y pregunta después. Por eso la evolución ha preservado el gregarismo y, cuando vemos que el vecino se forra invirtiendo en Fórum Filatélico o en apartamentos, el antropoide que llevamos dentro se alborota y trata de saltar irreflexivamente detrás de él.

Ese no es el caso de la vacunación. Aquí ha habido reflexión, pero delegada en la élite científica y, una vez que esta ha coordinado con nuestros representantes políticos la estrategia, lo aconsejable es seguir a la manada. Por supuesto que lo ideal sería que, además, te mandaran un ATS con la jeringuilla a tu domicilio. El alcalde de Vigo, Abel Caballero, denunciaba hace poco en un foro de El Mundo que en Galicia algunas personas han tenido que hacer 60 kilómetros para ser inmunizadas y le parecía intolerable, pero ir casa por casa no solo es caro, sino lento y, con el covid, la rapidez salva vidas. Ni siquiera usar la red de ambulatorios es tan eficaz como lo que hacían en el ejército cuando la mili aún era obligatoria: tratarte como ganado.

El problema es que te traten como ganado donde no corresponde. En la oficina, por ejemplo. En cierta ocasión vi cómo un jefe abroncaba a una secretaria a la que había pedido un vaso agua y que se había tomado la libertad de añadir unos cubitos de hielo. “Limítese a ejecutar lo que le dicen”, le increpó, “para pensar ya estamos nosotros”. También algunos activistas proclaman de cuando en cuando que “no es el momento de dudar, sino de actuar”, pero con los políticos rara vez no es el momento de dudar.

Al final, lo que nos define como humanos no es que seamos críticos o gregarios, impulsivos o reflexivos, sino que podemos elegir y, en determinadas circunstancias, lo inteligente es ser ganado. No es nuestra manifestación más sofisticada y verse reducido a ella exaspera a algunas personas sensibles, como los vacunandos del Zendal. Es una pena. La ofuscación les impide apreciar en su justo mérito la auténtica proeza que supone desarrollar el antídoto en unos pocos meses y administrárselo gratuitamente a toda la población. Que luego el hospital coja a trasmano, cueste aparcar, tengas que darte una caminata bajo el sol y haya una cola imponente son anécdotas.

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